1. Hasta ahora he explicado cómo la inteligencia, el primero de los poderes del alma, debe comportarse, a la luz de la fe, en todos los conocimientos que va adquiriendo, para que el alma pueda unirse a Dios en la pureza de dicha virtud. Ahora no queda sino aplicar el mismo procedimiento a los otros dos poderes del alma, a saber, la memoria y la voluntad, a fin de que, purificados también ellos en cuanto a sus respectivas operaciones, el alma pueda unirse a Dios mediante una perfecta esperanza y caridad. Esto es lo que me propongo exponer brevemente en este libro III. Habiendo acabado de decir que la inteligencia es, de cierto modo, la sede de todos los objetos de estos poderes, ya he cumplido buena parte de la tarea que me había propuesto. No es necesario, por tanto, que me extienda demasiado sobre estos dos poderes. En efecto, no es posible que el hombre espiritual, que ha instruido bien su inteligencia en la fe según la doctrina expuesta arriba, no instruya al mismo tiempo también los otros dos poderes en la práctica de las otras dos virtudes, porque las operaciones de unos dependen de las operaciones de los otros.