Oraciones devocionales

La oración es luz para el alma.


La oración, o diálogo con Dios, es un bien sumo. Es, en efecto, una comunión íntima con Dios. Así como los ojos del cuerpo, al ver la luz, se iluminan, también el alma que se dirige hacia Dios es iluminada por la luz inefable de la oración. Debe ser, por tanto, una oración no hecha por costumbre, sino que proceda del corazón. No debe estar circunscrita a determinados tiempos u horas, sino florecer continuamente, de noche y de día.
No hay que elevar, en efecto, nuestro ánimo a Dios solamente cuando atendemos con todo el espíritu a la oración. Es necesario que, también cuando estamos ocupados en otros asuntos, ya sea en el cuidado de los pobres, ya en las demás actividades, enriquecidas quizás por la generosidad hacia el prójimo, tengamos el deseo y el recuerdo de Dios, para que, sazonado por el amor divino, como por sal, todo se convierta en un manjar exquisito para el Señor del universo. Podemos disfrutar continuamente de esta ventaja, o mejor, durante toda la vida, si a este tipo de oración dedicamos la mayor parte posible de nuestro tiempo.
La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y el hombre. El alma, elevada por medio de ella en alto hasta el cielo, abraza al Señor con abrazos inefables. Como el niño que llorando llama a la madre, el alma busca ardientemente la leche divina, anhela que sus deseos sean escuchados y recibe dones superiores a todo ser visible.
La oración actúa como augusta mensajera ante Dios, y al mismo tiempo hace feliz al alma porque satisface sus aspiraciones. Hablo, sin embargo, de la oración auténtica y no de las simples palabras.
Ella es un desear a Dios, un amor inefable que no proviene de los hombres, sino que es producido por la gracia divina. De ella el Apóstol dice: No sabemos qué hemos de pedir como conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables (cf. Rm 8, 26b). Si el Señor da a alguien tal modo de orar, es una riqueza que hay que valorar, es un alimento celestial que sacia el alma; quien lo ha gustado se enciende de deseo celestial por el Señor, como de un fuego ardientísimo que inflama su alma.
Adorna tu casa de modestia y humildad mediante la práctica de la oración. Haz espléndida tu morada con la luz de la justicia; decora sus paredes con las obras buenas como con una capa de oro puro y en lugar de los muros y las piedras preciosas coloca la fe y la sobrenatural magnanimidad, poniendo sobre todo, en lo alto del frontón, la oración como ornamento de todo el conjunto. Así prepares al Señor una digna morada, así lo recibas en espléndido palacio. Él te concederá transformar tu alma en templo de su presencia.

San Juan Crisóstomo, obispo