


Así sea.



PALABRAS DE NUESTRO SEÑOR
Hoy tráeme las almas dulces y humildes y las de los niños: sumérgelas en el océano de Mi misericordia. Se parecen más a Mi Corazón y fueron ellas las que me daban fuerza en mi dolorosa agonía. Las vi entonces como ángeles terrenales vigilando sobre mis altares. Sobre ellas derramo, por tanto, los ríos de Mis gracias, pues solo un alma humilde, en la que deposito toda mi confianza, es capaz de aceptar Mis dones.
Oremos por los niños y las almas humildes
Misericordioso Jesús, que dijiste: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29), recibe en la morada de Tu Corazón misericordiosísimo las almas dulces y humildes y las de los niños. Dando alegría a los propios Cielos, son objeto del afecto especial del Padre Celestial: son un manojo de flores perfumadas ante el Trono divino, donde Dios se complace con el perfume de sus virtudes. Haz que habiten constantemente en Tu Corazón, cantando sin fin el himno del Amor y de la Misericordia de Dios.
Padre nuestro, Ave María, Gloria...
Eterno Padre, echa una mirada compasiva sobre las almas dulces y humildes y las de los niños, que son particularmente queridas al Corazón de Tu Hijo. Por su naturaleza, se parecen tanto a Jesús que poseen un poder inconcebible ante el Trono de Dios, «Padre de toda consolación» (2 Cor 1, 3). Te rogamos, pues, Padre de Misericordia y de Bondad, por amor a estas almas y por la satisfacción que de ellas recibes, bendice al mundo entero para que podamos glorificar continuamente Tu misericordia.
Así sea.


