En el Diario se leen las palabras de Jesús:
‘Mi misericordia envolverá en vida y especialmente en la hora de la muerte a las almas que reciten esta coronilla’

Huana María Faustina Kowalska, de la congregación de las Hermanas de la Bienaventurada Virgen María de la Misericordia, nació en Polonia en 1905 y vivió solo 33 años.
Huana Faustina era la tercera de diez hijos educados cristianamente por sus padres y ya de niña manifestaba su vocación religiosa. Asistió a la escuela durante apenas tres años y pronto entró al servicio en familias como sirvienta para mantenerse y ayudar a su familia.
A los 18 años decidió huir de casa para escapar de la oposición de sus padres, quienes no querían que se hiciera monja.
Deambuló por varios conventos que la rechazaban y volvió a entrar al servicio como sirvienta en casa de una señora antes de ser admitida entre las monjas de la BVM de la Misericordia en Varsovia.
Su Diario es el tesoro que Huana Faustina deja a todas las almas que desean construir una relación de amor con Jesús, el Esposo con quien ella dialoga cada día y del cual brotan todas las gracias y la infinita Misericordia.
Es definida la monja Apóstol de la Divina Misericordia por las diversas iniciativas a las que ha sido llamada por la Divina Gracia para difundir en el mundo el don de la gran e infinita Misericordia de Dios hacia la humanidad necesitada de ser salvada.
El Diario de Huana Faustina es escuela de vida espiritual, es una guía rica en consejos prácticos y un lenguaje muy sencillo para todas las almas que desean crecer en el espíritu, conocer y experimentar, aun en las infinitas dificultades, la vida oculta de los Santos que viven una relación mística con Dios, una intimidad colmada de amor y comunión de las grandes alegrías y de las profundas sufrimientos de Dios por la salvación de las almas.
La vida de Huana Faustina es también la historia de una joven que ve, habla, goza y sufre con Jesús, la Santísima María, los Ángeles, los Santos del Cielo y las almas del purgatorio.
Huana Faustina, en la humildad y en la obediencia, en la paciencia y en la ofrenda completa de sí a la Santa Voluntad, acepta sufrir ocultamente las estigmas por amor a su Esposo que la colma de tantos dones como la ubicuidad y la profecía al servicio de la conversión de las almas.
El Papa Santo Juan Pablo II en 1980, sensible al llamado de la Divina Misericordia suscitado por Jesús a través de Huana Faustina, escribe la Encíclica Dives in Misericordia y en 2000 canoniza a la monja e instituye la Fiesta de la Divina Misericordia el primer domingo después de Pascua.
El confesor de Huana Faustina fue Michal Sopocko.
Después de años de tribulaciones, ansiedades e incertidumbres, finalmente en 1933 Huana Faustina obtuvo la gracia de encontrar al confesor que deseaba: don Michal Sopocko el cual, además de ser su guía en la tierra según las disposiciones de Jesús de llevar a cabo la misión de difundir la devoción a la Divina Misericordia, ayudó a la Santa a encontrar al pintor que pintó la imagen del Jesús Misericordioso: el cuadro fue expuesto en Vilna (ahora ciudad de Lituania) en la iglesia de la Puerta del Alba.
Fue don Sopocko quien escribió la Constitución de la nueva Congregación de las Hermanas de Jesús Misericordioso.
CORONILLA A LA DIVINA MISERICORDIA
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo
Padre Nuestro, Ave María y Credo
se continúa luego de esta manera:
a) en las cuentas grandes, una vez:
Padre Eterno
Te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad
de Tu amadísimo Hijo Nuestro Señor Jesucristo
en expiación de nuestros pecados y de los del mundo entero.
b) en las cuentas pequeñas, diez veces:
Por su dolorosa Pasión ten misericordia de nosotros y del mundo entero.
c) al final de la Corona, se dice tres veces:
Dios Santo, Dios Fuerte, Dios Inmortal
ten piedad de nosotros y del mundo entero.
CAPILLA PONTIFICIA PARA LA CANONIZACIÓN
DE LA BEATA MARÍA FAUSTINA KOWALSKA
OMELÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Domingo, 30 de abril de 2000
"Alabad al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia" (Sal 118, 1). Así canta la Iglesia en la Octava de Pascua, como recogiendo de los labios de Cristo estas palabras del Salmo; de los labios de Cristo resucitado, que en el Cenáculo trae el gran anuncio de la misericordia divina y confía a los apóstoles su ministerio: "La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío... Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados les serán perdonados, y a quienes no los perdonéis les serán retenidos" (Jn 20, 21-23).
Antes de pronunciar estas palabras, Jesús muestra las manos y el costado. Señala es decir las heridas de la Pasión, sobre todo la herida del corazón, fuente de la cual brota la gran ola de misericordia que se derrama sobre la humanidad. De ese corazón Huana Faustina Kowalska la beata a quien de ahora en adelante llamaremos santa, verá partir dos haces de luz que iluminan el mundo: "Los dos rayos – lo explicó un día Jesús mismo – representan la sangre y el agua" (Diario, Libreria Editrice Vaticana, p. 132).
Sangre y agua! El pensamiento corre al testimonio del evangelista Juan que, cuando un soldado en el Calvario hirió con la lanza el costado de Cristo, vio salir de él "sangre y agua" (cf. Jn 19, 34). Y si la sangre evoca el sacrificio de la cruz y el don eucarístico, el agua, en la simbología joánica, recuerda no solo el bautismo, sino también el don del Espíritu Santo (cf. Jn 3,5; 4,14; 7,37-39).
A través del corazón de Cristo crucificado la misericordia divina alcanza a los hombres: "Hija mía, di que soy el Amor y la Misericordia en persona", pedirá Jesús a Huana Faustina (Diario, 374). Esta misericordia Cristo derrama sobre la humanidad mediante el envío del Espíritu que, en la Trinidad, es la Persona-Amor. ¿Y no es acaso la misericordia un "segundo nombre" del amor (cf. Dives in misericordia, 7), captado en su aspecto más profundo y tierno, en su disposición a hacerse cargo de toda necesidad, sobre todo en su inmensa capacidad de perdón?
Es verdaderamente grande hoy mi alegría, al proponer a toda la Iglesia, casi como don de Dios para nuestro tiempo, la vida y el testimonio de Huana Faustina Kowalska. Por la divina Providencia la vida de esta humilde hija de Polonia ha estado completamente ligada a la historia del siglo veinte, el siglo que nos hemos dejado apenas atrás. Es, en efecto, entre la primera y la segunda guerra mundial que Cristo le ha confiado su mensaje de misericordia. Los que recuerdan, que fueron testigos y partícipes de los eventos de aquellos años y de las horribles sufrimientos que de ellos derivaron para millones de hombres, saben bien cuánto el mensaje de la misericordia era necesario.
Dijo Jesús a Huana Faustina: "La humanidad no encontrará paz, hasta que no se dirija con confianza a la divina misericordia" (Diario, p. 132). A través de la obra de la religiosa polaca, este mensaje se ha ligado para siempre al siglo veinte, último del segundo milenio y puente hacia el tercer milenio. No es un mensaje nuevo, pero se puede considerar un don de especial iluminación, que nos ayuda a revivir más intensamente el Evangelio de la Pascua, para ofrecerlo como un rayo de luz a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo.
¿Qué nos traerán los años que están delante de nosotros? ¿Cómo será el futuro del hombre en la tierra? A nosotros no nos es dado saberlo. Es cierto sin embargo que junto a nuevos progresos no faltarán, lamentablemente, experiencias dolorosas. Pero la luz de la divina misericordia, que el Señor ha querido casi devolver al mundo a través del carisma de huana Faustina, iluminará el camino de los hombres del tercer milenio.
Como los Apóstoles en otro tiempo, es necesario pues que también la humanidad de hoy reciba en el cenáculo de la historia a Cristo resucitado, que muestra las heridas de su crucifixión y repite: La paz con vosotros! Es necesario que la humanidad se deje alcanzar y penetrar por el Espíritu que Cristo resucitado le dona. Es el Espíritu que sana las heridas del corazón, derriba las barreras que nos separan de Dios y nos dividen entre nosotros, restituye junto con la alegría del amor del Padre y la de la unidad fraterna.
Es importante entonces que recabemos por entero el mensaje que nos viene de la palabra de Dios en este segundo Domingo de Pascua, que de ahora en adelante en toda la Iglesia tomará el nombre de "Domingo de la Divina Misericordia". En las diversas lecturas, la liturgia parece trazar el camino de la misericordia que, mientras reconstruye la relación de cada uno con Dios, suscita también entre los hombres nuevas relaciones de fraterna solidaridad. Cristo nos ha enseñado que "el hombre no solo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que es también llamado a «usar misericordia» hacia los otros: Bienaventurados los misericordiosos, porque encontrarán misericordia (MT 5, 7)" (Dives in misericordia, 14). Él nos ha indicado luego las múltiples vías de la misericordia, que no perdona solamente los pecados, sino que viene también al encuentro de todas las necesidades de los hombres. Jesús se ha inclinado sobre toda miseria humana, material y espiritual.
Su mensaje de misericordia continúa alcanzándonos a través del gesto de sus manos extendidas hacia el hombre que sufre. Es así como lo ha visto y lo ha anunciado a los hombres de todos los continentes huana Faustina, que oculta en su convento de Lagiewniki, en Cracovia, ha hecho de su existencia un canto a la misericordia: Misericordias Domini in aeternum cantabo.
La canonización de Huana Faustina tiene una elocuencia particular: mediante este acto quiero hoy transmitir este mensaje al nuevo milenio. Lo transmito a todos los hombres para que aprendan a conocer siempre mejor el verdadero rostro de Dios y el verdadero rostro de los hermanos.
El amor de Dios y el amor de los hermanos son en efecto indisolubles, como nos ha recordado la primera Carta de Juan: "En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y guardamos sus mandamientos" (5, 2). El Apóstol aquí nos recuerda la verdad del amor, señalándonos en la observancia de los mandamientos la medida y el criterio.
No es fácil, en efecto, amar de un amor profundo, hecho de auténtico don de sí. Este amor se aprende solo en la escuela de Dios, al calor de su caridad. Fijando la mirada en Él, sintonizándonos con su corazón de Padre, nos hacemos capaces de mirar a los hermanos con ojos nuevos, en actitud de gratuidad y de comunión, de generosidad y de perdón. Todo esto es misericordia!
En la medida en que la humanidad sepa aprender el secreto de esta mirada misericordiosa, se revela perspectiva realizable el cuadro ideal propuesto en la primera lectura: "La multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma solamente, y nadie decía que algo de lo que poseía le pertenecía, sino que todo lo tenían en común" (Hech 4, 32). Aquí la misericordia del corazón se ha vuelto también estilo de relaciones, proyecto de comunidad, comunión de bienes. Aquí han florecido las «obras de la misericordia», espirituales y corporales. Aquí la misericordia se ha vuelto concreto hacerse «prójimo» hacia los hermanos más indigentes.
Huana Faustina Kowalska ha dejado escrito en su Diario: "Siento un dolor tremendo, cuando observo las sufrimientos del prójimo. Todos los dolores del prójimo se reflejan en mi corazón; llevo en mi corazón sus angustias, de tal manera que me aniquilan también físicamente. Desearía que todos los dolores cayeran sobre mí, para llevar alivio al prójimo" (Diario, p. 365). Hecho a qué punto de comunión conduce el amor cuando es medido sobre el amor de Dios!
Es a este amor a la que la humanidad de hoy debe inspirarse para afrontar la crisis de sentido, los desafíos de las más diversas necesidades, sobre todo la exigencia de salvaguardar la dignidad de cada persona humana. El mensaje de la divina misericordia es así, implícitamente, también un mensaje sobre el valor de cada hombre. Cada persona es preciosa a los ojos de Dios, por cada uno Cristo ha dado su vida, a todos el Padre hace don de su Espíritu y ofrece el acceso a su intimidad.
Este mensaje consolador se dirige sobre todo a quien, afligido por una prueba particularmente dura o aplastado por el peso de los pecados cometidos, ha perdido toda confianza en la vida y está tentado de ceder a la desesperación. A él se presenta el rostro dulce de Cristo, sobre él llegan aquellos rayos que parten de su corazón e iluminan, calientan, indican el camino e infunden esperanza. Cuántas almas ha consolado ya la invocación "Jesús, confío en Ti", que la Providencia ha sugerido a través de Huana Faustina! Este simple acto de abandono a Jesús rasga las nubes más densas y hace pasar un rayo de luz en la vida de cada uno.
Misericordias Domini in aeternum cantabo (Sal 88 [89], 2). A la voz de María Santísima, la «Madre de la misericordia», a la voz de esta nueva Santa, que en la Jerusalén celestial canta la misericordia junto con todos los amigos de Dios, unamos también nosotros, Iglesia peregrina, nuestra voz.
Y tú, Faustina, don de Dios a nuestro tiempo, don de la tierra de Polonia a toda la Iglesia, consíguenos percibir la profundidad de la divina misericordia, ayúdanos a hacer de ella experiencia viva y a testimoniarla a los hermanos. Tu mensaje de luz y de esperanza se difunda en todo el mundo, impulse a la conversión a los pecadores, apague las rivalidades y los odios, abra a los hombres y a las naciones a la práctica de la fraternidad. Nosotros hoy, fijando la mirada contigo sobre el rostro de Cristo resucitado, hacemos nuestra tu oración de confiado abandono y decimos con firme esperanza: Jesús, confío en Ti!
Santo Juan Pablo II, papa