Jesús se manifiesta a Emaús al partir el pan
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu resurrección has dado vida al mundo.
PALABRA DE DIOS
Del Evangelio según san Lucas. 24, 28-35 Cuando se acercaban al pueblo ad donde iban, él hizo como si fuera a continuar más lejos. Pero ellos le instaron: «Quédate con nosotros, porque se hace tarde y el día va declinando». Y entró para quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando estuvo en la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición, lo partió y se lo fue dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su vista. Y se decían unos a otros: «¿No nos ardía el corazón, mientras caminábamos y nos hablaba, y nos iba explicando las Escrituras?». Y se levantaron al momento y volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once y a los demás con ellos, que les decían: «De veras ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
LA FE DE LA IGLESIA
«¡Oh noche -canta el "Exsultet" de Pascua- tú sola has merecido conocer el tiempo y la hora en que Cristo resucitó de los infiernos!». En efecto, nadie fue testigo presencial del mismo acontecimiento de la Resurrección y ningún evangelista lo describe. Nadie pudo decir cómo se produjo físicamente. Mucho menos fue perceptible a los sentidos su esencia más íntima, el paso a otra vida. Acontecimiento histórico constatable a través de la señal del sepulcro vacío y la realidad de los encuentros de los Apóstoles con Cristo resucitado, la Resurrección no deja de ser, en aquello en que trasciende y supera la historia, el corazón del Misterio de la fe. Por esta razón, Cristo resucitado no se manifiesta al mundo, sino a sus discípulos, «a aquellos que subieron con él de Galilea a Jerusalén», los cuales «ahora son sus testigos ante el pueblo» (Hch 13,31). Catecismo de la Iglesia Católica 647
MEDITACIÓN
¡Qué misterio, hermanos míos! [Jesús] Entra en la casa [de los discípulos de Emaús], se hace su huésped y, mientras había permanecido desconocido durante todo el camino, se le reconoce al partir el pan. Aprended a recibir a los huéspedes, en cuya persona se reconoce a Cristo. ¿O es que aún no sabéis que, cada vez que recibís a un cristiano, recibís a Cristo? ¿No lo dice él mismo? Era forastero y me recibisteis. Y si le respondieran: Pero ¿cuándo, Señor, te vimos forastero?, responderá: Cada vez que lo hicisteis con uno de mis hermanos, aunque fuera el más pequeño, lo hicisteis conmigo (Mt 25, 35. 38. 40). Cuando, pues, un cristiano recibe a otro cristiano, es un miembro que se pone al servicio de otro miembro, y con ello da alegría a la cabeza, que considera dado a sí mismo lo que se da a uno de sus miembros. Bien, mientras estamos aquí abajo, dad de comer a Cristo que tiene hambre, dad de beber a él que tiene sed, vestidle cuando esté desnudo, hacedle de hospedaje cuando sea peregrino, visitadle cuando esté enfermo. Estas cosas exige la aspereza del camino. Así debemos vivir en el presente peregrinaje durante el cual Cristo está en necesidad: tiene necesidad en los suyos, aunque esté lleno de todo en sí mismo. Pero aquel que en los suyos es necesitado, mientras en sí mismo abunda de todo, convocará a sí a todos los necesitados. Y cerca de él no habrá ya ni hambre ni sed, ni desnudez ni enfermedad, ni migraciones ni penurias ni dolor. Sé que todos estos males allá no existirán, pero no sé lo que allí habrá. Que todas estas cosas no estarán allí, lo he podido aprender; en cuanto a lo que encontraremos allí, no lo ha visto ojo, ni lo ha oído oído, ni ha subido al corazón del hombre (1 Cor 2, 9). Podemos amarlo, podemos desearlo; durante el presente exilio podemos suspirar por la posesión de un bien tan grande.
De los "Discursos" de san Agustín, obispo (Serm 236, 3)
OREMOS
Concédenos, Padre misericordioso, saborear en todo tiempo de la vida los frutos de la Pascua, que se realiza en la celebración de tus misterios. Por Cristo nuestro Señor.
Amén.