CUARTA ESTACIÓN

Jesús resucitado en camino con los discípulos de Emaús

 


V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu resurrección has dado vida al mundo.


PALABRA DE DIOS
Del Evangelio según san Lucas.  24, 13-27    Aquel mismo día, dos de ellos iban a una aldea llamada Emaús, que está a unos once kilómetros de Jerusalén, y conversaban sobre todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían entre sí, Jesús en persona se acercó y caminaba con ellos. Pero sus ojos estaban impedidos de reconocerlo.  Él les dijo: "¿Qué es lo que habéis entre vosotros mientras camináis?". Se detuvieron, con el rostro triste; uno de ellos, llamado Cleofas, le dijo: "¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha sucedido aquí estos días?".  Les preguntó: "¿Qué cosa?". Le respondieron: "Todo lo que ha sucedido con Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo; cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que fuera condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el que iba a redimir a Israel; y con todo esto, ya han pasado tres días desde que sucedieron estas cosas. ….." Y él les dijo: "¡Inútiles y tardos de corazón para creer en lo que han dicho los profetas!  ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas y entrara en su gloria?". Y comenzando por Moisés y por todos los profetas, les explicaba en todas las Escrituras lo que se refería a él.


LA FE DE LA IGLESIA
Todo lo que ha sucedido en aquellos días pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles en la construcción de la era nueva que comienza con la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, ellos permanecen como las piedras angulares de su Iglesia. La fe de la primera comunidad de creyentes está fundada en el testimonio de hombres concretos, conocidos por los cristianos y, en su mayoría, aún vivos entre ellos. Estos testigos de la Resurrección de Cristo son, ante todo, Pedro y los Doce, pero no solo ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que Jesús se apareció de una sola vez, además de Santiago y de todos los Apóstoles.   
Catecismo de la Iglesia Católica 642


MEDITACIÓN
[A los dos discípulos] Cristo se les apareció en el camino, pero sus ojos estaban impedidos de reconocerlo. Sus palabras manifiestan el estado de su corazón; la voz es testigo de lo que pasaba en su ánimo: testigo, digo, para nosotros, pues a Cristo le era manifiesto el corazón de por sí. Hablaban entre sí de su muerte. Él se les unió como tercer compañero de viaje. Él, que era el camino, comenzó a dialogar con ellos por el camino y entabló la conversación. Sabiendo todo, pregunta de qué están hablando y, fingiendo ignorancia de los hechos, quiere provocar la confesión…… ¡Ya no Señor, sino profeta! Después de su muerte, creían que eso era lo que había sido. Lo veneraban aún como profeta, aunque no lo reconocían como Señor no solo de los profetas, sino también de los ángeles. Continúan: Nuestros ancianos y los sumos sacerdotes lo entregaron para que fuera condenado a muerte. Y he aquí, este es el tercer día desde que sucedieron estas cosas. Sin embargo, nosotros esperábamos que él sería el redentor de Israel. (Lc 24, 20-21). ¿Es esta toda vuestra pena? ¡Esperabais! ¿Estáis ahora en la desesperación? Como veis, habían perdido toda esperanza. Él entonces comenzó a explicarles las Escrituras, de modo que aprendieran a reconocer a Cristo precisamente desde el punto donde se habían apartado de Cristo. Habían perdido la esperanza en Cristo porque lo habían visto muerto. Él, por el contrario, les explica las Escrituras argumentando de modo que se persuadieran de que, si no hubiera muerto, no habría podido ser el Cristo. De Moisés, de las Escrituras sucesivas y de los profetas extrajo la enseñanza de lo que les había dicho, que era necesario que el Cristo muriera y así entrara en su gloria (Lc 24, 26). Oyendo, gozaban y suspiraban; y, como ellos mismos confiesan, ardían; pero no reconocían la luz allí presente.    
De los "Discursos" de san Agustín, obispo (Serm 236, 2)


OREMOS
Oh Padre, que por medio de tu único Hijo has vencido a la muerte y nos has abierto el paso a la vida eterna, concédenos a nosotros, que celebramos la Pascua de Resurrección, ser renovados en tu Espíritu, para renacer en la luz del Señor resucitado.  Él vive y reina por los siglos de los siglos.

Amén.