Los apóstoles con María esperan en el cenáculo al Espíritu Santo
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu resurrección has dado vida al mundo.
PALABRA DE DIOS
De los Hechos de los Apóstoles. 1, 12-14 Entonces [los discípulos] volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que está cerca de Jerusalén, a la distancia que se permite recorrer en un sábado. Al entrar en la ciudad, subieron al piso superior donde se hospedaban. Estaban Pedro, Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago de Alfeo, Simón el Zelote y Judas de Santiago. Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.
LA FE DE LA IGLESIA
El papel de María respecto a la Iglesia es inseparable de su unión con Cristo y de ella deriva directamente. "Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la Redención se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte". Se manifiesta especialmente en la hora de su Pasión: La bienaventurada Virgen avanzó en el camino de la fe y conservó fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, donde, no sin un diseño divino, se mantuvo de pie, sufrió profundamente con su Hijo unigénito y se asoció con ánimo maternal a su sacrificio, consentiendo amorosamente a la inmolación de la víctima que ella había engendrado; y finalmente, por el mismo Cristo Jesús moribundo en la cruz, fue dada como madre al discípulo con estas palabras: "Mujer, he ahí a tu hijo" (Jn 19, 26). Después de la Ascensión de su Hijo, María "con sus oraciones ayudó a los primeros frutos de la Iglesia". Reunida con los Apóstoles y algunas mujeres, "también María imploraba con sus oraciones el don del Espíritu, que ya la había tomado bajo su sombra en la Anunciación".
Catecismo de la Iglesia Católica 964, 965
MEDITACIÓN
El Señor prometió enviar él mismo al Paráclito para hacernos agradables a Dios. En efecto, así como la harina no se amalgama en una única masa pastosa, ni se convierte en un solo pan sin el agua, así tampoco nosotros, multitud disunida, podíamos llegar a ser una única Iglesia en Cristo Jesús, sin el Agua que desciende del cielo. Y así como la tierra árida, si no recibe el agua, no puede dar frutos, así también nosotros, simple y desnuda madera seca, no habríamos dado jamás fruto de vida sin la Lluvia enviada libremente desde lo alto…. El Espíritu de Dios descendió sobre el Señor como Espíritu de sabiduría e inteligencia, Espíritu de consejo y fortaleza, Espíritu de ciencia y piedad, Espíritu del temor de Dios. El Señor, a su vez, dio este Espíritu a la Iglesia, enviando desde el cielo al Paráclito sobre toda la tierra, de donde, como él mismo dijo: el diablo fue arrojado como un relámpago que cae. Por eso es necesaria para nosotros la rocía de Dios, para que no ardamos y nos volvamos estériles y, allí donde encontramos al acusador, podamos tener también al abogado. El Señor confía al Espíritu Santo a aquel hombre que se topó con los ladrones, es decir, a nosotros. Siente compasión de nosotros y nos venda las heridas y da los dos denarios con la imagen del rey. Así, imprimiendo en nuestro espíritu, por obra del Espíritu Santo, la imagen y la inscripción del Padre y del Hijo, hace fructificar en nosotros los talentos que nos fueron confiados para que luego los devolvamos multiplicados al Señor.
S. Ireneo, Contra las herejías, Lib 3, 17, 1-3
OREMOS
Resplandezca sobre nosotros, oh Padre, el esplendor de tu gloria, Cristo luz de luz, y el don de tu Santo Espíritu confirme los corazones de los fieles nacidos a la nueva vida en tu amor. Por Cristo nuestro Señor.
Amén.