SEPTIMA ESTACIÓN

Jesús resucitado da a los apóstoles el poder de perdonar los pecados 




V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu resurrección has dado la vida al mundo.

PALABRA DE DIOS
Del Evangelio según san Juan.  20, 19-23    La tarde de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como me envió el Padre, así os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados, y a quienes los retengáis, les serán retenidos».


LA FE DE LA IGLESIA
El Señor de los Apóstoles une la fe en el perdón de los pecados a la fe en el Espíritu Santo, pero también a la fe en la Iglesia y en la comunión de los santos. Precisamente al donar a sus Apóstoles el Espíritu Santo, Cristo resucitado les ha conferido su poder divino de perdonar los pecados: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados, y a quienes los retengáis, les serán retenidos» (Jn 20, 22-23).    Cristo, después de su Resurrección, envió a sus Apóstoles a predicar «en su nombre... a todas las gentes la conversión y el perdón de los pecados» (Lc 24, 47). Tal «misterio de la reconciliación» (2 Cor 5, 18) no se realiza por parte de los Apóstoles y sus sucesores solamente anunciando a los hombres el perdón de Dios, merecido por nosotros por Cristo, y llamándolos a la conversión y a la fe, sino también comunicándoles la remisión de los pecados por medio del Bautismo y reconciliándolos con Dios y con la Iglesia gracias al poder de las llaves recibido de Cristo. La Iglesia ha recibido las llaves del Reino de los cielos, para que en ella se realice la remisión de los pecados por medio de la sangre de Cristo y de la acción del Espíritu Santo. En esta Iglesia el alma, que estaba muerta a causa de los pecados, renace para vivir con Cristo, cuya gracia nos ha salvado.     
Catecismo de la Iglesia Católica 676, 681


MEDITACIÓN
Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz con vosotros. Y, dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los clavos habían atravesado sus manos, la lanza le había abierto el costado y quedaron las huellas de las heridas para sanar el corazón de los dudosos. Y las puertas cerradas no impidieron la entrada de aquel cuerpo en el que habitaba la divinidad. Aquel que, al nacer, había dejado intacta la virginidad de su madre, pudo entrar en el cenáculo con las puertas cerradas. Y los discípulos se alegraron al ver al Señor. Y Jesús les dijo otra vez: La paz con vosotros (Jn 20, 18-21)! Renovando el saludo, confirma su don: es decir, él dona paz sobre paz, como había sido prometido por medio del profeta (Is 26, 3). Como el Padre me envió a mí, -añade- así os envío yo. Ya sabíamos que el Hijo es igual al Padre; pero aquí reconocemos las palabras del mediador. Él se presenta, en efecto, como mediador, en cuanto dice: El me envió a mí y yo os envío a vosotros. Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Soplándoles, quiere significar que el Espíritu Santo no es solo del Padre, sino también suyo. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados, a quienes los retengáis, les serán retenidos (Jn 20, 21-23). La caridad, que por medio del Espíritu Santo es derramada en nuestros corazones, perdona los pecados de aquellos que forman parte de la comunidad eclesial; retiene, en cambio, los pecados de aquellos que no forman parte de ella. Por esto confirió el poder de perdonar o de retener los pecados inmediatamente después de haber dicho: Recibid el Espíritu Santo.    
S. Agustín, Comentario al Evangelio de S. Juan, Homilía 121,4

OREMOS
O Dios de la paz, no te puede comprender quien siembra la discordia, no te puede acoger quien ama la violencia:    concede a quien edifica la paz perseverar en su propósito, y a quien la obstaculiza ser sanado del odio que lo atormenta, para que todos se encuentren en ti, que eres la verdadera paz. Por Cristo nuestro Señor.

Amén.