Jesús muere en la cruz
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo
A las tres, Jesús exclamó con voz fuerte: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Uno corrió a empapar una esponja en vinagre y le dio a beber. Pero Jesús, dando un fuerte grito, expiró (Mc 15, 34. 36-37).
MEDITACIÓN
Un doble y fuerte grito en la muerte de Cristo. El primero: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Grito misterioso, signo del sufrimiento atroz, voz de esperanza contra toda esperanza, canto de victoria sobre las potencias del mal.
Jesús, el hijo fiel, aplastado por la angustia mortal, tentado por la desconfianza, proclama desde la cruz, como ya entre los olivos, su adhesión al proyecto salvífico del Padre.
El segundo: «Jesús, dando un fuerte grito, expiró». Grito poderoso, invocación a la vida que le es arrebatada, gemido de hora de parto, vagido inmenso de la nueva creación nacida de la muerte de Cristo.
Jesús, el amigo fiel, aunque traicionado, negado y burlado, confirma, como ya en la intimidad de la Cena, su amor por el hombre, porque «nadie tiene amor más grande que este: dar la vida por sus amigos» (Jn 15, 13).
ORACIÓN
Jesús, en tu muerte has reconciliado todas las cosas, has pacificado a los seres de la tierra y del cielo: a ti nuestra gratitud y nuestra súplica.
Jesús, tu doble grito nos consuela ante el dolor inocente y el gemido de toda la creación.
Jesús, por tu pasión y muerte perdona nuestro pecado y renueva con tu Espíritu la faz de la tierra
Padre nuestro ..
Santa Madre, de rodillas, haced que las llagas del Señor queden impresas en mi corazón.