Jesús es depositado en el sepulcro
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo
José de Arimatea, habiendo comprado un sudario, bajó el cuerpo de Jesús de la cruz y, envolviéndolo en el sudario, lo depositó en un sepulcro excavado en la roca (Mc 15, 46).
MEDITACIÓN
Parece que todo ha terminado. El cuerpo de Jesús es tragado por la roca intacta y parece frustrada la última esperanza.
Es silencio.
El cielo, como a la hora sexta, permanece oscuro, impenetrable. Ritos de muerte preparan las mujeres para una mañana que parece sin alba.
Es silencio de Dios.
Difícil es recordar: “Si el grano de trigo caído en tierra no muere, permanece solo, pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24).
En el silencio de Dios resuena la creación originaria. En el silencio más tenso la Palabra se hizo carne. En el silencio del sepulcro, el encuentro del Amor del Padre con la vida del Hijo madura la nueva creación.
Llena de esperanza es ya la Esposa del Cántico. Como está escrito: “De madrugada iremos a los viñedos; veremos si la vid ha echado flores, si han brotado los capullos, si florecen los granados ... “ (Ct 7, 13).
ORACIÓN
Santa María, Virgen del silencio y de misteriosa paz: aflictida, fiel y fuerte, espera junto al sepulcro, donde calla la Palabra y yace el Santo de Dios.
Espera vigilante que de la oscuridad brote la Luz, de la tierra germine la Vida.
Espera el alba del día sin ocaso, la hora del parto de la humanidad nueva.
Espera de ver en el Hijo resucitado el rostro nuevo del hombre redimido, de oír el nuevo saludo de paz, de cantar el nuevo canto de gloria.
Virgen del Espíritu, icono de la Iglesia, implora por nosotros tu fe en la Palabra, tu esperanza en el Reino, tu amor a Dios y al hombre.
A ti, gloriosa Madre de Dios, bienaventurada por la fe, mujer de la inmensa piedad, nuestra alabanza perenne y agradecida.
Padre nuestro ..
Santa Madre, deh, haced que las llagas del Señor queden impresas en mi corazón.
Bendición
R. Amén.