Jesús promete su reino al buen ladrón
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo
Uno de los malhechores crucificados insultaba a Jesús. Pero el otro le reprendía: «¿Tú tampoco temes a Dios?». Y añadió: «Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu reino» (Lc 23, 39-40. 42).
MEDITACIÓN
Las manos de Jesús y del ladrón están clavadas: no pueden estrecharse en un gesto de amistad y de paz.
Pero la mirada es libre: el ladrón descubre en el cuerpo herido de Jesús el misterio de su gloria real; Jesús vislumbra en los rasgos del malhechor la imagen gloriosa del Padre.
Y libre es la voz de los dos moribundos. El malhechor suplica: «Acuérdate de mí cuando entres en tu reino»; Jesús responde: «Hoy estarás conmigo en el paraíso».
Amigo de los publicanos, Jesús se hospedaba a veces en sus casas. A Zaqueo, hombre de fraude, un día le había dicho: «Baja pronto, porque hoy debo quedarme en tu casa» (Lc 19, 5).
Pero ahora, ¿adónde ir? Ese ladrón crucificado no tiene casa y ni siquiera Jesús tiene dónde reclinar la cabeza, pero sabe de dónde ha venido y a dónde vuelve. Por eso dice al compañero de condena: «Ven conmigo, hoy, a la casa de mi Padre».
ORACIÓN
Jesús, ha llegado la hora de la señal de contradicción, la hora en que se revelan los pensamientos del corazón: del malhechor que te insulta, del malhechor que se confía a ti.
Contigo, con el buen ladrón, decimos: en la hora de la angustia y de la tribulación, de las tinieblas y de la iniquidad:
En la hora de las matanzas inútiles, del odio y de la discordia:
En la hora de la mentira y del desprecio de la vida, en la hora de la opresión y de la violencia:
Padre nuestro ..
Santa Madre, deh, haced que las llagas del Señor queden impresas en mi corazón.