NOVENA ESTACIÓN

Jesús se encuentra con las mujeres de Jerusalén

 

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
R.
 Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo

Lo seguía una gran multitud de gente y de mujeres que se golpeaban el pecho y hacían lamentaciones por él. Pero Jesús dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos» (Lc 23, 27-28).

MEDITACIÓN
En el camino del Calvario, las hijas de Jerusalén lloran la suerte de Jesús: son conscientes de la injusticia que se está cometiendo contra el Hijo de María.
Se golpean el pecho y hacen lamento.
Están conmovidos sus entrañas de madres: sus hijos han condenado al «Hijo del hombre».
La mirada de Jesús cruza la mirada de las mujeres en llanto. A ellas él revela el sentido de su muerte: no deben llorar por él, su muerte será fuente de vida.
Deben llorar por sí mismas y por sus hijos. Deben llorar, como él mismo ha llorado, por Jerusalén, la ciudad amada, que no ha conocido el «camino de la paz».
Jesús, hijo de la Virgen, es la madera verde que arde de amor para que la madera seca -los hijos de las mujeres de Jerusalén- florezca ablandada por las lágrimas de la penitencia.

ORACIÓN
Oh Compasivo, que llevas sobre ti el pecado del mundo y tienes compasión de las criaturas: a ti nuestra gratitud y nuestra súplica.
Oh Compasivo, tu pasión ilumina el misterio de la vida y revela a los ojos y al corazón la pasión de la humanidad.
Oh Compasivo, sigue haciendo resonar en nuestra conciencia la advertencia dirigida a las mujeres en el camino doloroso para que construyamos contigo el camino de la paz.

Padre nuestro ..

Santa Madre, te rogamos, haced que las llagas del Señor queden impresas en mi corazón.