"Bienaventurados los que trabajan por la paz», dice el evangelista, o carísimos, «porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5, 9). Con razón florecen las virtudes cristianas en quien está en concordia con los demás en la paz cristiana, ni se llega a ser llamados hijos de Dios sino a través del nombre de operadores de la paz.
   Es la paz, carísimos, la que saca al hombre de la esclavitud y le da un título nobiliario, cambia ante los ojos de Dios la condición de una persona, haciendo del siervo un hijo, del esclavo un hombre libre. La paz entre los hermanos es voluntad de Dios y alegría de Cristo. Es perfección de la santidad, regla de la justicia, maestra de doctrina, salvaguardia de las costumbres, disciplina loable en todas las cosas. La paz es para las oraciones una intercesión, para las súplicas un camino fácil y eficaz, es el cumplimiento pleno de todos los deseos. La paz es madre del amor, vínculo de concordia, signo manifiesto de un alma pura, que puede pedir a Dios por sí misma lo que quiere. Pide todo lo que quiere y obtiene todo lo que pide. La paz debe conservarse por mandato soberano, porque el mismo Cristo Señor dice: «Os dejo la paz, os doy mi paz» (Jn 14, 27), que es como decir: Os he dejado en la paz, quiero encontraros en la paz. Al partir quiso dar lo que deseaba encontrar en todos a su regreso.
   Es de Dios plantar la paz desde las raíces; del enemigo arrancarla de las raíces. En efecto, como el amor fraternal es de Dios, así el odio es del diablo; por esto el odio es condenable bajo todas sus formas, porque está escrito: «Cualquiera que odia a su hermano es homicida» (1 Jn 3, 15). Ved, pues, hermanos carísimos, por qué se debe amar la paz y apreciar la concordia; son estas las que generan y nutren el amor. Sabéis luego que, según el Apóstol, «el amor es de Dios» (1 Jn 4, 7); por eso es sin Dios quien no tiene el amor.
   Y entonces, o hermanos, observemos los mandamientos que nos dan la vida; la fraternidad sea mantenida bien unida con los lazos de una paz profunda; sea mantenida bien estrecha con el vínculo saludable del amor que cubre una multitud de pecados. Nosotros debemos abrazar con todos nuestros deseos el amor que tiene un premio especial para cada uno de sus aspectos buenos. La paz debe custodiarse más que todas las demás virtudes, porque Dios está siempre en la paz. Amad la paz y todo será tranquilo. Vuestra paz para nosotros será un premio, para vosotros una alegría y la Iglesia de Dios, fundada en la unidad de la paz, podrá gozar de una cohesión perfecta en Cristo.

De un "Discurso" atribuido a san Pedro Crisólogo, obispo