Pablo retoma el discurso sobre la caridad, moderando la aspereza de la reprimenda. Después de haber, en efecto, reprendido y censurado a los Corintios por el hecho de que, siendo amados, no habían correspondido al amor, sino que habían sido ingratos y habían dado oído a gente malvada, mitiga la reprimenda diciendo: «Hacednos lugar en vuestros corazones» (2 Cor 7, 2), es decir, amadnos. Pide un favor muy poco gravoso, sino más útil para ellos que para él. No dice «amad», sino con exquisita delicadeza: «Hacednos lugar en vuestros corazones». Quién nos ha echado, parece preguntar, de vuestros corazones? Quién nos ha expulsado? Por qué motivo hemos sido desterrados de vuestro espíritu? Dado que antes había afirmado: «Estáis estrechados en vuestros corazones» (2 Cor 6, 12), aquí expresa el mismo sentimiento diciendo: «Hacednos lugar en vuestros corazones». Así los atrae de nuevo a sí. Nada impulsa tanto al amor a quien es amado como saber que el amante desea ardientemente ser correspondido.
«Ya os he dicho poco antes, continúa, que estáis en nuestro corazón para morir juntos y vivir juntos» (2 Cor 7, 3). Expresión máxima del amor de Pablo: aunque despreciado, desea vivir y morir con ellos. Estáis en nuestro corazón no superficialmente, de cualquier manera, sino como os he dicho. Puede ocurrir que uno ame, pero huya en el momento del peligro: no es así para mí.
«Estoy lleno de consolación» (2 Cor 7,4). ¿De qué consolación? De la que me viene de vosotros: habiendo vuelto al buen camino, me habéis consolado con vuestras obras. Es propio de quien ama primero lamentarse del hecho de no ser amado, luego temer de causar aflicción con excesiva insistencia en la queja. Por esta razón añade: «Estoy lleno de consolación, rebosante de alegría».
En otras palabras: he sido golpeado por gran pesar a causa vuestra, pero me habéis compensado abundantemente y me habéis dado gran alivio; no habéis solo eliminado la causa del pesar, sino que me habéis colmado de alegría más abundante.
Pablo manifiesta su grandeza de ánimo no deteniéndose a decir simplemente «reboso de alegría», sino añadiendo también «en toda mi tribulación». Es tan grande el placer que me habéis causado que ni siquiera la mayor tribulación puede oscurecerlo, sino que es tal que me hace olvidar con la exuberancia de su riqueza, todos los afanes que me habían caído encima y ha impedido que yo quedara aplastado.
De las «Homilías sobre la segunda carta a los Corintios» de San Juan Crisóstomo, obispo
«Ya os he dicho poco antes, continúa, que estáis en nuestro corazón para morir juntos y vivir juntos» (2 Cor 7, 3). Expresión máxima del amor de Pablo: aunque despreciado, desea vivir y morir con ellos. Estáis en nuestro corazón no superficialmente, de cualquier manera, sino como os he dicho. Puede ocurrir que uno ame, pero huya en el momento del peligro: no es así para mí.
«Estoy lleno de consolación» (2 Cor 7,4). ¿De qué consolación? De la que me viene de vosotros: habiendo vuelto al buen camino, me habéis consolado con vuestras obras. Es propio de quien ama primero lamentarse del hecho de no ser amado, luego temer de causar aflicción con excesiva insistencia en la queja. Por esta razón añade: «Estoy lleno de consolación, rebosante de alegría».
En otras palabras: he sido golpeado por gran pesar a causa vuestra, pero me habéis compensado abundantemente y me habéis dado gran alivio; no habéis solo eliminado la causa del pesar, sino que me habéis colmado de alegría más abundante.
Pablo manifiesta su grandeza de ánimo no deteniéndose a decir simplemente «reboso de alegría», sino añadiendo también «en toda mi tribulación». Es tan grande el placer que me habéis causado que ni siquiera la mayor tribulación puede oscurecerlo, sino que es tal que me hace olvidar con la exuberancia de su riqueza, todos los afanes que me habían caído encima y ha impedido que yo quedara aplastado.
De las «Homilías sobre la segunda carta a los Corintios» de San Juan Crisóstomo, obispo