Cristo se había impuesto a sí mismo el yugo de la ley, observándola y cumpliéndola perfectamente, hasta el punto de morir por la ley y ser víctima de la ley. Al mismo tiempo, sin embargo, ha eximido de la ley a todos aquellos que habrían de aceptar la vida de él. Los cuales, no obstante, solo podrían recibirla deshaciéndose de la propia. En efecto, «los que hemos sido bautizados en Cristo, hemos sido bautizados en su muerte» (Rm 6, 3). Se sumergen en su vida para devenir miembros de su cuerpo, y con esta cualidad sufrir y morir con él; pero también para resucitar con él a la eterna vida divina. Esta vida surgirá para nosotros en su plenitud solo en el día de la glorificación. Sin embargo, desde ahora «en la carne» participamos de ella, en cuanto creemos: creemos que Cristo murió por nosotros, para darnos la vida a nosotros. Y es precisamente esta fe la que nos hace un todo único con él, miembros unidos a la cabeza, haciéndonos permeables a las efusiones de su vida. Así, la fe en el Crucificado - la fe viva, acompañada de la entrega amorosa - es para nosotros la puerta de acceso a la vida y el principio de la futura gloria. Además, la cruz es nuestro único orgullo: «En cuanto a mí, no tenga yo otro orgullo que en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por medio de la cual el mundo ha sido crucificado para mí, como yo para el mundo» (Gal 6, 14).
Quien se ha puesto de la parte de Cristo, resulta muerto para el mundo, como el mundo resulta muerto para él. Lleva en su cuerpo las estigmas del Señor (cf. Gal 6, 17); es débil y despreciado en el ambiente de los hombres, pero precisamente por eso es fuerte en realidad, porque en las debilidades resalta plenamente la fuerza de Dios (cf 2 Cor 12, 9). Profundamente convencido de esta verdad, el discípulo de Jesús no solo abraza la cruz que le es ofrecida, sino que se crucifica a sí mismo: «Los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y sus deseos» (Gal 5, 24). Han emprendido una lucha despiadada contra su naturaleza, para liquidar en sí mismos la vida del pecado y hacer sitio a la vida del espíritu. Es esta última la única que importa. La cruz no es fin en sí misma. Se alza en alto y hace de reclamo hacia lo alto. Por tanto, no es solo una enseña, es también el arma vencedora de Cristo, el cayado de pastor con el cual el divino David sale al encuentro del infernal Goliat, el símbolo triunfal con el cual él golpea a la puerta del cielo y la abre de par en par. Entonces brotan de ella los manantiales de la luz divina, sumergiendo a todos aquellos que marchan al seguimiento del Crucificado.

Santa Teresa Benedicta de la Cruz, virgen y mártir
De «Scientia Crucis»