El Padre eterno, con liberalísimo y arcano designio de sabiduría y de bondad, creó el universo, decretó elevar a los hombres a la participación de su vida divina y, cuando ellos cayeron, en Adán, no los abandonó, sino que siempre les proporcionó la ayuda necesaria para la salvación en consideración de Cristo redentor, «el cual es imagen del Dios invisible, primogénito de toda criatura» (Col 1, 15). A todos los elegidos el Padre desde la eternidad «los conoció en su presciencia y los predestinó a ser conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito de muchos hermanos» (Rm 8, 29). A los creyentes en Cristo quiso convocarlos en la santa Iglesia, la cual, ya prefigurada desde el principio del mundo, admirablemente preparada en la historia del pueblo de Israel y en la antigua alianza y establecida «en los últimos tiempos», fue manifestada por la efusión del Espíritu y tendrá glorioso cumplimiento al fin de los siglos. Entonces, como se lee en los santos Padres, todos los justos, a partir de Adán, «del justo Abel hasta el último elegido», serán reunidos junto al Padre en la Iglesia universal.
Aquellos que aún no han recibido el Evangelio están ordenados de diversas maneras al pueblo de Dios y entre ellos de modo especial el pueblo al cual fueron concedidas las alianzas y las promesas y del cual Cristo nació según la carne (cf. Rm 9, 4-5). Este pueblo es carísimo a Dios por la elección que de él hizo y por sus patriarcas y profetas. Y luego Dios no se arrepiente de haberlo elegido y colmado de favores (cf. Rm 11, 28-29). Pero el designio de la salvación abraza también a aquellos que reconocen al Creador, y entre ellos en primer lugar a los musulmanes, los cuales, profesando de tener la fe de Abraham, adoran con nosotros un Dios único misericordioso, que juzgará a los hombres en el día final. El Señor está también cerca de cuantos buscan al Dios desconocido en las sombras y en las imágenes, porque él da a todos vida y aliento y todas las cosas (cf. Hch 17, 25-28), y, como salvador, quiere que todos los hombres sean salvos (cf. 1 Tm 2, 4). En efecto, aquellos que sin culpa ignoran el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan sinceramente a Dios y con la ayuda de la gracia se esfuerzan por cumplir con las obras la voluntad divina, conocida a través del dictamen de la conciencia, pueden alcanzar la salvación eterna. Ni la divina Providencia niega las ayudas necesarias para la salvación a aquellos que, sin tener culpa, aún no han llegado a un conocimiento explícito de Dios, y se esfuerzan, no sin la gracia divina, por llevar una vida recta. Porque todo aquello que de bueno y de verdadero se encuentra en ellos es retenido por la Iglesia como una preparación al Evangelio, y como dado por aquel que ilumina a todo hombre, para que finalmente tenga la vida.
De la Constitución dogmática «Lumen gentium» del Concilio ecuménico Vaticano II sobre la Iglesia