La caridad es la mejor disposición del ánimo, que nada prefiere al conocimiento de Dios. Sin embargo, nadie podría alcanzar jamás tal disposición de caridad si en su ánimo estuviera exclusivamente ligado a las cosas terrenas.
Quien ama a Dios, antepone el conocimiento y la ciencia de él a todas las cosas creadas, y recurre continuamente a él con el deseo y con el amor del alma. Todas las cosas que existen tienen a Dios por autor y fin último. Dios es de gran largo más noble que aquellas cosas que él mismo ha hecho como creador. Por lo tanto, quien abandona a Dios, el Altísimo, y se deja atraer por las realidades creadas demuestra de estimar al artífice de todo mucho menos que las cosas mismas, que por él son hechas.
Quien me ama, dice el Señor, observará mis mandamientos (cf. Jn 14, 15). Y añade: «Esto os mando: amaos los unos a los otros» (Jn 15, 17). Por lo tanto, quien no ama al prójimo, no observa los mandamientos de Dios, y quien no observa los mandamientos no puede ni siquiera decir que ama al Señor.
Bienaventurado el hombre que es capaz de amar igualmente a todo hombre. Quien ama a Dios, ama totalmente también al prójimo, y quien tiene tal disposición no se afana en acumular dinero, todo para sí, sino que piensa también en aquellos que lo necesitan.
A imitación de Dios hace limosna al bueno y al malo, al justo y al injusto. Ante las necesidades de los otros no conoce discriminación, sino que distribuye igualmente a todos según la necesidad. Ni tampoco se puede decir que comete injusticia si a premio del bien antepone al malvado a quien se distingue por virtud y operosidad.
El amor caritativo no se manifiesta solo en la elargición de dinero, sino también, y mucho más, en la enseñanza de la doctrina divina y en el cumplimiento de las obras de misericordia corporales.
Aquel que, sordo a los reclamos de la vanidad, se dedica con pureza de intención al servicio del prójimo, se libera de toda pasión y de todo vicio y se hace partícipe del amor y de la ciencia divina.
Quien posee dentro de sí el amor divino, no se cansa y no viene jamás a menos en seguir al Señor Dios suyo, sino que soporta con ánimo fuerte todo sacrificio e injuria e ofensa, no deseando en absoluto el mal a nadie. No digáis, exclama el profeta Jeremías, somos templo de Dios (cf. Jr 7, 4). Y tampoco diréis: La simple y sola fe en el Señor nuestro Jesucristo me puede procurar la salvación. Esto, en efecto, no puede acontecer si no te has procurado también el amor hacia él por medio de las obras. En cuanto a la sola fe: «¡También los demonios creen y tiemblan!» (Sant 2, 19).
Obra de caridad es hacer cordialmente un favor, ser longánimo y paciente hacia el prójimo; y así mismo usar rectamente y ordenadamente las cosas creadas.

De los «Capítulos sobre la caridad» de San Máximo el Confesor, abad