«Las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que ha de manifestarse en nosotros» (Rm 8, 18).
¿Quién, pues, no se esforzaría de todas las maneras para alcanzar tanta gloria, para llegar a ser amigo de Dios, para entrar de inmediato en la alegría de Cristo, de modo que, después de los tormentos y suplicios de la tierra, pueda recibir las recompensas del cielo? Para los soldados de la tierra es un título de gloria regresar a la patria triunfantes, después de haber vencido al enemigo. Pero ¿no será, entonces, mucho mayor, mucho más estimable, la gloria de quien regresa triunfante al paraíso, después de haber vencido al diablo? En el lugar de donde fue expulsado Adán pecador, allí llevaremos los trofeos victoriosos, después de haber derribado a aquel que primero nos engañó. Ofreceremos a Dios como don muy agradable nuestra fe incontaminada, la virtud de la mente intacta, y el alabanza luminosa de nuestra devoción. Lo acompañaremos cuando llegue el momento de obtener la venganza sobre los enemigos. Estaremos a su lado cuando se siente para juzgar. Seremos hechos coherederos de Cristo y hechos iguales a los ángeles. Tendremos la alegría de poseer el Reino celestial junto con los patriarcas, los apóstoles, los profetas.
¿Qué persecución puede ejercer una presión hacia el mal igual a la ejercida por estas realidades hacia el bien? ¿Qué tormentos una empuje mayor?
Un corazón lleno de estas promesas se hace firme, un ánimo, seguro de tal premio, no podrá ser doblado por ningún terror del diablo ni por ninguna amenaza del mundo; el ánimo, digo, corroborado por la fe cierta y sólida en la vida futura.
Se abata sobre los cristianos la tormenta de la persecución. Ellos no temerán, porque ven abierto sobre ellos el cielo. Los amenace el anticristo, pero Cristo los protege. Se les infiera la muerte, pero los sigue la inmortalidad. ¡Qué felicidad, qué alegría salir de este mundo en la alegría, salir gloriosamente a través de amarguras y angustias, cerrar en un instante los ojos que antes veían a los hombres y el mundo, y reabrirlos de inmediato para ver a Dios, el Cristo! ¡Cómo aparece rápido este paso a la felicidad! En un instante eres sustraído a la tierra para ser colocado en el reino de los cielos.
Todo esto hay que pensarlo con la mente y con el corazón y meditarlo día y noche. Si la persecución encuentra a un soldado de Cristo ocupado así, no podrá vencer su fortaleza inclinada hacia el premio. Si en cambio la suprema llamada viene primero, no quedará sin premio la fe que estaba preparada para el martirio. El antes y el después no interfieren en el premio que Dios juez concede. En la persecución es coronado el combate victorioso, en el tiempo de paz la conducta ejemplar.
Del tratado «A Fortunato» de San Cipriano, obispo y mártir
¿Quién, pues, no se esforzaría de todas las maneras para alcanzar tanta gloria, para llegar a ser amigo de Dios, para entrar de inmediato en la alegría de Cristo, de modo que, después de los tormentos y suplicios de la tierra, pueda recibir las recompensas del cielo? Para los soldados de la tierra es un título de gloria regresar a la patria triunfantes, después de haber vencido al enemigo. Pero ¿no será, entonces, mucho mayor, mucho más estimable, la gloria de quien regresa triunfante al paraíso, después de haber vencido al diablo? En el lugar de donde fue expulsado Adán pecador, allí llevaremos los trofeos victoriosos, después de haber derribado a aquel que primero nos engañó. Ofreceremos a Dios como don muy agradable nuestra fe incontaminada, la virtud de la mente intacta, y el alabanza luminosa de nuestra devoción. Lo acompañaremos cuando llegue el momento de obtener la venganza sobre los enemigos. Estaremos a su lado cuando se siente para juzgar. Seremos hechos coherederos de Cristo y hechos iguales a los ángeles. Tendremos la alegría de poseer el Reino celestial junto con los patriarcas, los apóstoles, los profetas.
¿Qué persecución puede ejercer una presión hacia el mal igual a la ejercida por estas realidades hacia el bien? ¿Qué tormentos una empuje mayor?
Un corazón lleno de estas promesas se hace firme, un ánimo, seguro de tal premio, no podrá ser doblado por ningún terror del diablo ni por ninguna amenaza del mundo; el ánimo, digo, corroborado por la fe cierta y sólida en la vida futura.
Se abata sobre los cristianos la tormenta de la persecución. Ellos no temerán, porque ven abierto sobre ellos el cielo. Los amenace el anticristo, pero Cristo los protege. Se les infiera la muerte, pero los sigue la inmortalidad. ¡Qué felicidad, qué alegría salir de este mundo en la alegría, salir gloriosamente a través de amarguras y angustias, cerrar en un instante los ojos que antes veían a los hombres y el mundo, y reabrirlos de inmediato para ver a Dios, el Cristo! ¡Cómo aparece rápido este paso a la felicidad! En un instante eres sustraído a la tierra para ser colocado en el reino de los cielos.
Todo esto hay que pensarlo con la mente y con el corazón y meditarlo día y noche. Si la persecución encuentra a un soldado de Cristo ocupado así, no podrá vencer su fortaleza inclinada hacia el premio. Si en cambio la suprema llamada viene primero, no quedará sin premio la fe que estaba preparada para el martirio. El antes y el después no interfieren en el premio que Dios juez concede. En la persecución es coronado el combate victorioso, en el tiempo de paz la conducta ejemplar.
Del tratado «A Fortunato» de San Cipriano, obispo y mártir