El justo se alegrará en el Señor y pondrá en él su esperanza; los rectos de corazón se gloriarán en él» (Sal 63, 11). Esto hemos cantado no solo con la voz, sino también con el corazón. Estas palabras dirigió a Dios la conciencia y la lengua cristiana. «El justo se alegrará», no en el mundo, sino «en el Señor». «Una luz se ha levantado para el justo», dice en otro lugar, «alegría para los rectos de corazón» (Sal 96, 11). Quizá quieras preguntar de dónde viene esta alegría. Escucha: «Se alegrará en Dios el justo» y en otro lugar: «Busca la alegría en el Señor, y te concederá los deseos de tu corazón» (Sal 36, 4).
¿Qué se nos ordena y qué se nos da? ¿Qué se nos manda y qué se nos dona? ¡Alegrarnos en el Señor! Pero ¿quién se alegra de lo que no ve? ¿O acaso nosotros vemos al Señor? Esto es solo objeto de promesa. Ahora, en cambio, «caminamos por la fe, pues mientras habitamos en el cuerpo estamos exiliados, lejos del Señor» (2 Cor 5, 7. 6). En la fe y no en la visión. ¿Cuándo en la visión? Cuando se cumpla lo que dice el mismo Juan: «Amadísimos, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser. Sabemos que cuando se manifieste seremos semejantes a él, porque le veremos como es» (1 Jn 3, 2).
Entonces conseguiremos gran y perfecta alegría, entonces habrá gozo pleno, donde ya no será la esperanza la que nos sostenga, sino la realidad misma la que nos sacie. Sin embargo, también ahora, antes de que llegue a nosotros esta realidad, antes de que nosotros lleguemos a la realidad misma, alegremosnos en el Señor. No produce, en efecto, poca alegría aquella esperanza a la que sigue la realidad.
Amemos, pues, ahora en la esperanza. Por eso la Escritura dice: «El justo se alegrará en el Señor» y, inmediatamente después, porque estos aún no ven la realidad, añade: «y pondrá en él su esperanza».
Tenemos, sin embargo, las primicias del Espíritu y quizá algo más. Porque ya ahora estamos cerca de aquel a quien amamos. Ya ahora se nos da una muestra y un anticipo de aquel alimento y aquella bebida de los que un día nos saciaremos con avidez.
Pero ¿cómo podremos alegrarnos en el Señor, si él está tan lejos de nosotros? ¿Lejos? No. Él no está lejos, a menos que tú mismo lo obligues a alejarse de ti. Ama y lo sentirás cerca. Ama y él vendrá a habitar en ti.
«El Señor está cerca: no os angustiéis por nada» (Flp 4, 5-6). ¿Quieres ver cómo está contigo, si lo amarás? «Dios es amor» (1 Jn 4, 8).
Pero tú querrás preguntarme: ¿qué es el amor? El amor es la virtud por la cual amamos. ¿Qué amamos? Un bien inefable, un bien beneficioso, el bien que crea todos los bienes. Que él mismo sea tu delicia, pues de él recibes todo lo que es causa de tu deleite. No hablo, desde luego, del pecado. En efecto, solo el pecado no lo recibes de él. Excepto el pecado, tienes de él todas las demás cosas que posees.
De los «Discursos» de San Agustín
¿Qué se nos ordena y qué se nos da? ¿Qué se nos manda y qué se nos dona? ¡Alegrarnos en el Señor! Pero ¿quién se alegra de lo que no ve? ¿O acaso nosotros vemos al Señor? Esto es solo objeto de promesa. Ahora, en cambio, «caminamos por la fe, pues mientras habitamos en el cuerpo estamos exiliados, lejos del Señor» (2 Cor 5, 7. 6). En la fe y no en la visión. ¿Cuándo en la visión? Cuando se cumpla lo que dice el mismo Juan: «Amadísimos, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser. Sabemos que cuando se manifieste seremos semejantes a él, porque le veremos como es» (1 Jn 3, 2).
Entonces conseguiremos gran y perfecta alegría, entonces habrá gozo pleno, donde ya no será la esperanza la que nos sostenga, sino la realidad misma la que nos sacie. Sin embargo, también ahora, antes de que llegue a nosotros esta realidad, antes de que nosotros lleguemos a la realidad misma, alegremosnos en el Señor. No produce, en efecto, poca alegría aquella esperanza a la que sigue la realidad.
Amemos, pues, ahora en la esperanza. Por eso la Escritura dice: «El justo se alegrará en el Señor» y, inmediatamente después, porque estos aún no ven la realidad, añade: «y pondrá en él su esperanza».
Tenemos, sin embargo, las primicias del Espíritu y quizá algo más. Porque ya ahora estamos cerca de aquel a quien amamos. Ya ahora se nos da una muestra y un anticipo de aquel alimento y aquella bebida de los que un día nos saciaremos con avidez.
Pero ¿cómo podremos alegrarnos en el Señor, si él está tan lejos de nosotros? ¿Lejos? No. Él no está lejos, a menos que tú mismo lo obligues a alejarse de ti. Ama y lo sentirás cerca. Ama y él vendrá a habitar en ti.
«El Señor está cerca: no os angustiéis por nada» (Flp 4, 5-6). ¿Quieres ver cómo está contigo, si lo amarás? «Dios es amor» (1 Jn 4, 8).
Pero tú querrás preguntarme: ¿qué es el amor? El amor es la virtud por la cual amamos. ¿Qué amamos? Un bien inefable, un bien beneficioso, el bien que crea todos los bienes. Que él mismo sea tu delicia, pues de él recibes todo lo que es causa de tu deleite. No hablo, desde luego, del pecado. En efecto, solo el pecado no lo recibes de él. Excepto el pecado, tienes de él todas las demás cosas que posees.
De los «Discursos» de San Agustín