La sabiduría se ha edificado una casa» (Pr 9, 1). El poder de Dios y Padre, subsistente en sí mismo, se ha preparado, como propia morada, el universo entero, en el cual habita con su fuerza creadora. Este universo, que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, consta de naturaleza visible e invisible.
«Ha tallado sus siete columnas» (Pr 9, 1). El hombre fue formado después de la creación a semejanza de Cristo, para que creciera en él y observara sus mandamientos. A él Dios ha dado los siete carismas del Espíritu Santo. Ellos, mediante la ciencia, suscitan la fortaleza y, viceversa, mediante la fortaleza manifiestan la ciencia. Estos carismas perfeccionan al hombre espiritual, lo confirman en la fe y lo llevan a la completa participación de las realidades trascendentes.
El esplendor natural del espíritu viene exaltado por los diversos dones.
La fortaleza dispone a buscar con fervor y a desear cumplir siempre y en todas las cosas, según sus finalidades, las divinas voluntades, conforme a las cuales todos los seres han sido creados. El consejo discierne las santísimas voluntades increadas e inmortales, capaces de ser pensadas, reveladas y realizadas. La prudencia hace consentir y prestar fe a estas voluntades y no a las otras.
Ha vertido su vino en la copa y preparado su mesa (cf. Pr 9, 2). En el hombre en el que se funde, como en una copa, la naturaleza espiritual y la corporal, Dios infunde la ciencia de las cosas creadas y de sí mismo, autor de todo. El intelecto hace que el hombre esté embriagado, como por el vino, de todo lo que concierne a Dios. Él, pan celestial, nutriendo de sí mismo en la fortaleza a las almas, y enriqueciéndolas y deleitándolas con la doctrina, dispone todas estas cosas como viandas para el banquete espiritual de cuantos desean participar en él.
Envió a sus siervos a invitar a gran voz y con insistencia al banquete (cf. Mt 22, 3). Envió a los apóstoles a servir su divina voluntad con la proclamación evangélica. Esta deriva del Espíritu, está por encima de la ley escrita y de la natural, y llama a todos a Cristo. Con la encarnación se ha realizado en él sin confusión la unión hipostática de la admirable naturaleza divina y de la humana.
Por medio de los apóstoles grita: El que no tiene sabiduría, venga a mí (cf. Pr 9, 4). Es decir, el que es necio, y piensa por tanto en su corazón que Dios no existe, abandone la impiedad, se vuelva a mí por medio de la fe y reconozca que yo soy el creador y el Señor de todas las cosas. A los que necesitan de sabiduría dice: Venid, comed conmigo el pan y bebed el vino que he vertido para vosotros (cf. Pr 9, 5). A los que están privados de las obras de la fe, aunque ricos de doctrinas elevadas, dice: Venid, comed mi cuerpo, pan que os nutre en la fortaleza, bebed mi sangre, vino que os alegra en la ciencia y os hace ser Dios. Pues he unido la sangre a la divinidad para vuestra salvación.

Del «Comentario sobre los Proverbios» de San Procopio de Gaza, obispo