La fuerza del testimonio del martirio

Nunca habéis envidiado a nadie, sino que habéis enseñado a los demás. Quiero que lo que enseñáis y recomendáis conserve todo su vigor. 
Suplicad por mí solamente la fuerza exterior e interior para que sea decidido no solo en el hablar, sino también en el querer, para que no solo sea llamado cristiano, sino que también sea hallado tal. Si tal fuere hallado, podré ser llamado cristiano y cuando el mundo no me vea más, entonces seré un verdadero fiel. Nada de lo que se ve tiene valor. Nuestro Dios Jesucristo, ahora que ha vuelto al Padre, se manifiesta más. Ante las persecuciones del mundo, el cristianismo no se sostiene con palabras de la sabiduría humana, sino con la fuerza de Dios.
Escribo a todas las iglesias, y a todos anuncio que moriré de buena gana por Dios, si vosotros no me lo impidiereis. Os conjuro, no me mostréis una benevolencia que sería inoportunamente. Dejad que sea pasto de las fieras, por medio de las cuales me ha sido dado alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios y seré molido por los dientes de las fieras para devenir pan puro de Cristo. Incitad más bien a las fieras para que sean mi sepulcro y no dejen nada de mi cuerpo, y en mi último sueño no sea yo estorbo a nadie. Cuando el mundo no vea más mi cuerpo, entonces seré verdaderamente discípulo de Jesucristo. Suplicad a Cristo por mí, para que por obra de estas fieras devenga hostia para Dios.
Yo no os doy órdenes, como Pedro y Pablo. Ellos eran apóstoles, yo soy un condenado; ellos eran libres, yo hasta ahora no soy más que un esclavo. Pero si sufriré el martirio, devendré un liberto de Jesucristo y en él resucitaré libre. Ahora, en cadenas, aprendo a renunciar a todo deseo.
De Siria hasta Roma, por tierra y por mar, de día y de noche, lucho con las fieras, atado a diez leopardos, es decir, al manipulo de los soldados de escolta. Cuanto más les hago bien, más me maltratan. Por eso con sus ultrajes hago provecho siempre más en la escuela de Cristo, pero no por esto soy justificado. Oh, cuando tendré la alegría de hallarme de frente a las fieras preparadas para mí! Deseo que estén listas para lanzarse sobre mi cuerpo. Yo las incitaré para que me devoren en un momento y no hagan como hicieron con algunos, que tuvieron miedo de tocar. Si luego se obstinaran en su rechazo, las obligaré con la fuerza.
Perdonadme, yo sé lo que es bueno para mí. Ahora comienzo a ser un verdadero discípulo. Ninguna de las cosas visibles o invisibles me retenga de alcanzar a Jesucristo. Fuego y cruz, manadas de bestias feroces, laceraciones, desmembramientos, dislocaciones de los huesos, corte de los miembros, estrujamiento de todo el cuerpo, los más crueles tormentos del diablo bien vengan todos sobre mí, con tal que yo pueda alcanzar a Jesucristo.

San Ignacio de Antioquía