San Juan Bautista, la voz del Precursor

La Iglesia celebra la natividad de Juan, atribuyéndole un carácter sagrado particular. De ningún santo, en efecto, celebramos solemnemente el día natalicio; celebramos en cambio el de Juan y el de Cristo. Juan, sin embargo, nace de una mujer avanzada en edad y ya marchita. Cristo nace de una joven virgen. El padre no presta fe al anuncio sobre el futuro nacimiento de Juan y se vuelve mudo. La Virgen cree que Cristo nacerá de ella y lo concibe en la fe.

Parece que Juan está puesto como un límite entre dos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo. En efecto, que él sea, de cierto modo, un límite lo declara el mismo Señor cuando afirma: «La Ley y los Profetas hasta Juan» (Lc 16, 16). Representa, pues, en sí la parte del Antiguo y el anuncio del Nuevo. En efecto, en cuanto al Antiguo, nace de dos ancianos. En cuanto al Nuevo, es proclamado profeta ya en el vientre de su madre. Antes aún de nacer, Juan se regocijó en el seno de su madre a la llegada de María. Ya desde entonces había recibido el nombre, antes de venir a la luz. Se le indica ya de quién será precursor, antes aún de ser visto por él. Estos son hechos divinos que sobrepasan los límites de la flaqueza humana. Finalmente nace, recibe el nombre, se desata la lengua del padre. Basta referir lo sucedido para explicar la imagen de la realidad.

Zacarías calla y pierde la voz hasta el nacimiento de Juan, precursor del Señor, y solo entonces recobra la palabra. ¿Qué significa el silencio de Zacarías sino la profecía no bien definida, y antes de la predicación de Cristo aún oscura? Se hace manifiesta a su venida. Se vuelve clara cuando está por llegar el preanunciado. El desatarse de la palabra de Zacarías al nacimiento de Juan es lo mismo que el rasgarse del velo en la pasión de Cristo. Si Juan hubiera anunciado a sí mismo no habría abierto la boca a Zacarías. Se desata la lengua porque nace la voz. En efecto, a Juan, que preanunciaba al Señor, se le preguntó: «¿Quién eres tú?» (Jn 1, 19). Y respondió: «Yo soy voz de uno que clama en el desierto» (Jn 1, 23). Voz es Juan, mientras del Señor se dice: «En el principio era el Verbo» (Jn 1, 1). Juan es voz por un poco de tiempo; Cristo en cambio es el Verbo eterno desde el principio.

Santo Agustín, obispo