Soy consciente de que tú, Dios Padre omnipotente, debes ser el fin principal de mi vida, de manera que cada una de mis palabras, cada uno de mis sentimientos, te exprese.
El ejercicio de la palabra, de la que me has hecho don, no puede tener recompensa más anhelada que la de servirte haciéndote conocer, de mostrar a este mundo que te ignora, o al hereje que te niega, que tú eres Padre, Padre es decir del Unigénito Dios.
Esto solo es el fin que me propongo. Por lo demás, hay que invocar el don de tu ayuda y de tu misericordia, para que tú con el soplo de tu Espíritu puedas hinchar las velas de nuestra fe y de nuestra alabanza y guiarnos en la ruta de la proclamación emprendida. No desmiente en efecto su palabra aquel que nos ha hecho esta promesa: «Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá» (Mt 7, 7).
Entonces nosotros, pobres como somos, te pediremos lo que nos falta y escudriñaremos con tenaz celo las palabras de tus profetas y de tus apóstoles, y llamaremos a todas las puertas que cierran el reconocimiento de la verdad. Pero depende de ti conceder el objeto de nuestra oración, estar presente a lo que se pide, abrir a quien llama.
La naturaleza está presa de una extraña pereza y no podemos comprender lo que a ti concierne por la debilidad de nuestra inteligencia. Pero el estudio de tus enseñanzas nos pone en capacidad de entender tu divinidad, y la sumisión a la fe nos eleva por encima del conocimiento natural. Esperamos, pues, que tú des impulso a los inicios de esta empresa, causa para nosotros de zozobra, que la consolide con creciente éxito y la llame a participar del espíritu de los profetas y de los apóstoles, para que podamos comprender sus palabras en el mismo sentido con el que ellos las pronunciaron y las interpretemos en su significado.
Hablaremos, en efecto, de lo que ellos predicaron por tu inspiración. Anunciaremos es decir a ti, Dios Eterno, Padre del Eterno y Unigénito Dios. Confesaremos que tú solo eres sin nacimiento con el único Señor nuestro, Jesucristo, engendrado por ti desde la eternidad y que no debe contarse entre los dioses. Engendrado por ti, que eres el único Dios, y no de distinta sustancia. Creeremos que es verdaderamente Dios aquel que ha nacido de ti, que eres verdaderamente Dios y Padre.
Ábrenos, pues, el auténtico significado de las palabras, y danos luz para comprender, eficacia de palabra, verdadera fe. Haz que podamos expresar lo que creemos, que proclamamos a ti, único Dios Padre, y al único Señor Jesucristo, según lo que nos ha sido transmitido por los profetas y por los apóstoles. Haz que contra los herejes, que lo niegan, sepamos afirmar que tú, oh Padre, eres Dios junto con el Hijo, y sepamos predicar su divinidad sin errores.
Del «Tratado sobre la Trinidad» de San Ilario, obispo
El ejercicio de la palabra, de la que me has hecho don, no puede tener recompensa más anhelada que la de servirte haciéndote conocer, de mostrar a este mundo que te ignora, o al hereje que te niega, que tú eres Padre, Padre es decir del Unigénito Dios.
Esto solo es el fin que me propongo. Por lo demás, hay que invocar el don de tu ayuda y de tu misericordia, para que tú con el soplo de tu Espíritu puedas hinchar las velas de nuestra fe y de nuestra alabanza y guiarnos en la ruta de la proclamación emprendida. No desmiente en efecto su palabra aquel que nos ha hecho esta promesa: «Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá» (Mt 7, 7).
Entonces nosotros, pobres como somos, te pediremos lo que nos falta y escudriñaremos con tenaz celo las palabras de tus profetas y de tus apóstoles, y llamaremos a todas las puertas que cierran el reconocimiento de la verdad. Pero depende de ti conceder el objeto de nuestra oración, estar presente a lo que se pide, abrir a quien llama.
La naturaleza está presa de una extraña pereza y no podemos comprender lo que a ti concierne por la debilidad de nuestra inteligencia. Pero el estudio de tus enseñanzas nos pone en capacidad de entender tu divinidad, y la sumisión a la fe nos eleva por encima del conocimiento natural. Esperamos, pues, que tú des impulso a los inicios de esta empresa, causa para nosotros de zozobra, que la consolide con creciente éxito y la llame a participar del espíritu de los profetas y de los apóstoles, para que podamos comprender sus palabras en el mismo sentido con el que ellos las pronunciaron y las interpretemos en su significado.
Hablaremos, en efecto, de lo que ellos predicaron por tu inspiración. Anunciaremos es decir a ti, Dios Eterno, Padre del Eterno y Unigénito Dios. Confesaremos que tú solo eres sin nacimiento con el único Señor nuestro, Jesucristo, engendrado por ti desde la eternidad y que no debe contarse entre los dioses. Engendrado por ti, que eres el único Dios, y no de distinta sustancia. Creeremos que es verdaderamente Dios aquel que ha nacido de ti, que eres verdaderamente Dios y Padre.
Ábrenos, pues, el auténtico significado de las palabras, y danos luz para comprender, eficacia de palabra, verdadera fe. Haz que podamos expresar lo que creemos, que proclamamos a ti, único Dios Padre, y al único Señor Jesucristo, según lo que nos ha sido transmitido por los profetas y por los apóstoles. Haz que contra los herejes, que lo niegan, sepamos afirmar que tú, oh Padre, eres Dios junto con el Hijo, y sepamos predicar su divinidad sin errores.
Del «Tratado sobre la Trinidad» de San Ilario, obispo