Quien perseverare hasta el fin será salvo» (Mt 10, 22; 24, 13): este es el saludable mandato de nuestro Señor y Maestro. Y también: «Si permanecéis fieles a mi palabra, seréis de verdad mis discípulos; conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 31-32).
Es necesario, por tanto, tener paciencia y perseverar, hermanos carísimos, para que, admitidos en la esperanza de la verdad y de la libertad, podamos llegar de verdad a la verdad y a la libertad. El mismo hecho de ser cristianos es cuestión de fe y de esperanza; pero para que la esperanza y la fe puedan dar fruto, es necesaria la paciencia.
No miramos, en efecto, a la gloria presente, sino a la futura, según lo que advierte el apóstol Pablo, cuando dice: «En la esperanza hemos sido salvados. Ahora bien, lo que se espera, si se ve, ya no es esperanza; porque, ¿quién espera lo que ya ve? Pero si esperamos lo que no vemos, lo aguardamos con perseverancia» (Rm 8, 24-25). La espera y la paciencia son necesarias para que llevemos a cabo aquello que hemos comenzado a ser y alcancemos aquello que esperamos y creemos porque Dios nos lo revela.
En otro pasaje, el mismo Apóstol, dirigiéndose a los justos y a aquellos que con las buenas obras y aprovechando los dones recibidos se procuran tesoros para el cielo, les enseña a ser pacientes diciendo: «Ya que tenemos la oportunidad, hagamos el bien a todos, y sobre todo a los de la familia de la fe. No nos cansemos de hacer el bien, porque a su tiempo cosecharemos, si no desmayamos» (Gal 6, 10. 9).
Él advierte a todos que no desmayen en la acción por falta de paciencia; que nadie, desviado y vencido por las tentaciones, desista a mitad del camino de la alabanza y de la gloria, y arruine así las acciones anteriormente realizadas, porque no lleva a cabo las que ha comenzado.
Finalmente, el Apóstol, hablando de la caridad, le une también la tolerancia y la paciencia: «La caridad», dice, «es paciente; es benigna la caridad; no es envidiosa la caridad, no se jacta, no se ensoberbece,... no se irrita, no lleva cuenta del mal recibido. Todo lo cubre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1 Cor 13, 4-5). Nos muestra así que ella puede perseverar tenazmente por el hecho de saber soportar todo.
Y en otro lugar: «Soportándoos mutuamente con amor, procurad conservar la unidad del Espíritu por medio del vínculo de la paz» (Ef 4, 2b-3). Con esto quiso demostrar que no se puede conservar ni la unidad ni la paz si los hermanos no se sostienen mutuamente con la tolerancia recíproca y no guardan el vínculo de la concordia con la ayuda de la paciencia.

Del tratado sobre las «Ventajas de la paciencia» de san Cipriano, obispo y mártir