El santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios (cf. Lc 1, 35), fuente de la sabiduría, Verbo del Padre en los cielos altísimos.
El Verbo, o Virgen santa, se hará carne por medio tuyo, y el que dice: «Yo estoy en el Padre y el Padre en mí» (Jn 10, 38) dirá también: «He salido del Padre y he venido al mundo» (Jn 16, 28).
Por tanto «En el principio era el Verbo», es decir, ya brotaba la fuente, pero aún únicamente en sí misma, porque al principio «el Verbo estaba junto a Dios» (Jn 1, 1), habitaba su luz inaccesible. Luego el Señor comenzó a formular un plan: Yo tengo proyectos de paz y no de desgracia (cf. Jr 29, 11). Pero el proyecto de Dios permanecía junto a él y nosotros no éramos capaces de conocerlo. En efecto: ¿quién conoce el pensamiento del Señor y quién puede ser su consejero? (cf. Rm 11, 24). Y entonces el pensamiento de paz se plasmó en la obra de paz: «El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros» (Jn 1, 14); vino a habitar particularmente en nuestros corazones por medio de la fe. Se hizo objeto de nuestro recuerdo, de nuestro pensamiento y de nuestra misma imaginación.
Si él no hubiera venido entre nosotros, ¿qué idea se habría podido hacer de Dios el hombre, si no la de un ídolo, fruto de la fantasía?
Habría permanecido incomprensible e inaccesible, invisible y totalmente inimaginable. En cambio, quiso ser comprendido, quiso ser visto, quiso ser imaginado. Dirás: ¿Dónde y cuándo se nos hace visible? Precisamente en el pesebre, en el vientre de la Virgen, mientras predica en la montaña, mientras pasa la noche en oración, mientras pende de la cruz y se marchita en la muerte, o también mientras, libre entre los muertos, manda sobre el infierno, o incluso cuando resucita al tercer día y muestra a los apóstoles las heridas de los clavos, como señales de victoria, y, finalmente, mientras asciende al cielo bajo sus miradas.
¿No es acaso cosa justa, pia y santa meditar todos estos misterios? Cuando mi mente los piensa, encuentra en ellos a Dios, siente en ellos a aquel que en todo y para todo es mi Dios. Es, pues, verdadera sabiduría detenerse en ellos en contemplación. Es de espíritus iluminados volver sobre ellos para colmar su corazón del dulce recuerdo de Cristo.
De los «Discursos» de san Bernardo, abad
El Verbo, o Virgen santa, se hará carne por medio tuyo, y el que dice: «Yo estoy en el Padre y el Padre en mí» (Jn 10, 38) dirá también: «He salido del Padre y he venido al mundo» (Jn 16, 28).
Por tanto «En el principio era el Verbo», es decir, ya brotaba la fuente, pero aún únicamente en sí misma, porque al principio «el Verbo estaba junto a Dios» (Jn 1, 1), habitaba su luz inaccesible. Luego el Señor comenzó a formular un plan: Yo tengo proyectos de paz y no de desgracia (cf. Jr 29, 11). Pero el proyecto de Dios permanecía junto a él y nosotros no éramos capaces de conocerlo. En efecto: ¿quién conoce el pensamiento del Señor y quién puede ser su consejero? (cf. Rm 11, 24). Y entonces el pensamiento de paz se plasmó en la obra de paz: «El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros» (Jn 1, 14); vino a habitar particularmente en nuestros corazones por medio de la fe. Se hizo objeto de nuestro recuerdo, de nuestro pensamiento y de nuestra misma imaginación.
Si él no hubiera venido entre nosotros, ¿qué idea se habría podido hacer de Dios el hombre, si no la de un ídolo, fruto de la fantasía?
Habría permanecido incomprensible e inaccesible, invisible y totalmente inimaginable. En cambio, quiso ser comprendido, quiso ser visto, quiso ser imaginado. Dirás: ¿Dónde y cuándo se nos hace visible? Precisamente en el pesebre, en el vientre de la Virgen, mientras predica en la montaña, mientras pasa la noche en oración, mientras pende de la cruz y se marchita en la muerte, o también mientras, libre entre los muertos, manda sobre el infierno, o incluso cuando resucita al tercer día y muestra a los apóstoles las heridas de los clavos, como señales de victoria, y, finalmente, mientras asciende al cielo bajo sus miradas.
¿No es acaso cosa justa, pia y santa meditar todos estos misterios? Cuando mi mente los piensa, encuentra en ellos a Dios, siente en ellos a aquel que en todo y para todo es mi Dios. Es, pues, verdadera sabiduría detenerse en ellos en contemplación. Es de espíritus iluminados volver sobre ellos para colmar su corazón del dulce recuerdo de Cristo.
De los «Discursos» de san Bernardo, abad