Mis carísimas madres y hermanas en Jesucristo, esfuérzate, con la ayuda de la gracia, por adquirir y conservar en vosotras tal intención y buen sentimiento, de modo que seáis movidas al cuidado y gobierno de la Compañía solo por amor de Dios y por el celo de la salud de las almas.
Si todas vuestras obras estuvieran así arraigadas en esta doble caridad, no podrían producir sino buenos y saludables frutos. Por eso dice nuestro Salvador: «Un árbol bueno no puede producir frutos malos» (Mt 7, 18), como si quisiera decir que el corazón, cuando está informado por la caridad, no puede producir sino buenas y santas obras. De donde también decía san Agustín: Ama y haz lo que quieras, como si dijera claramente: La caridad no puede pecar.
Os suplico también que queráis recordar y tener grabadas en la mente y en el corazón a todas vuestras hijas, una por una; y no solo sus nombres, sino también su condición, índole, estado y todo lo suyo. Lo cual no os será cosa difícil, si las abrazáis con viva caridad.
También las madres según la carne, si tuvieran mil hijos, todos los tendrían en el ánimo totalmente fijos, uno por uno, porque así obra el verdadero amor. Antes bien, parece que, cuanto más tienen, tanto más crece el amor y el cuidado particular por cada uno. Con mayor razón las madres según el espíritu pueden y deben hacer esto, porque el amor según el espíritu es, sin comparación, mucho más poderoso que el amor según la carne. Luego, mis carísimas madres, si amareis a estas nuestras hijas con viva y entrañable caridad, será imposible que no las tengáis todas particularmente impresas en la memoria y en el corazón.
Esforzaos por educarlas con amor y con mano suave y dulce, y no imperiosamente ni con aspereza; sino que en todo queráis ser agradables. Escuchad a Jesucristo que recomienda: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29); y de Dios se lee que «gobierna con bondad excelente todas las cosas» (Sb 8, 1). Y también Jesucristo dice: «Mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11, 30).
Por eso debéis esforzaros por usar toda la amabilidad posible. Sobre todo, guardaos de querer obtener alguna cosa por la fuerza: porque Dios ha dado a cada uno el libre albedrío y no quiere forzar a nadie, sino solamente propone, invita y aconseja. No digo, sin embargo, que a veces no se deba usar alguna reprimenda y aspereza a tiempo y lugar, según la importancia, la condición y la necesidad de las personas, sino que solamente debemos ser movidas a esto por la caridad y por el celo de las almas.
Del «Testamento espiritual» de santa Ángela Merici, virgen
Si todas vuestras obras estuvieran así arraigadas en esta doble caridad, no podrían producir sino buenos y saludables frutos. Por eso dice nuestro Salvador: «Un árbol bueno no puede producir frutos malos» (Mt 7, 18), como si quisiera decir que el corazón, cuando está informado por la caridad, no puede producir sino buenas y santas obras. De donde también decía san Agustín: Ama y haz lo que quieras, como si dijera claramente: La caridad no puede pecar.
Os suplico también que queráis recordar y tener grabadas en la mente y en el corazón a todas vuestras hijas, una por una; y no solo sus nombres, sino también su condición, índole, estado y todo lo suyo. Lo cual no os será cosa difícil, si las abrazáis con viva caridad.
También las madres según la carne, si tuvieran mil hijos, todos los tendrían en el ánimo totalmente fijos, uno por uno, porque así obra el verdadero amor. Antes bien, parece que, cuanto más tienen, tanto más crece el amor y el cuidado particular por cada uno. Con mayor razón las madres según el espíritu pueden y deben hacer esto, porque el amor según el espíritu es, sin comparación, mucho más poderoso que el amor según la carne. Luego, mis carísimas madres, si amareis a estas nuestras hijas con viva y entrañable caridad, será imposible que no las tengáis todas particularmente impresas en la memoria y en el corazón.
Esforzaos por educarlas con amor y con mano suave y dulce, y no imperiosamente ni con aspereza; sino que en todo queráis ser agradables. Escuchad a Jesucristo que recomienda: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29); y de Dios se lee que «gobierna con bondad excelente todas las cosas» (Sb 8, 1). Y también Jesucristo dice: «Mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11, 30).
Por eso debéis esforzaros por usar toda la amabilidad posible. Sobre todo, guardaos de querer obtener alguna cosa por la fuerza: porque Dios ha dado a cada uno el libre albedrío y no quiere forzar a nadie, sino solamente propone, invita y aconseja. No digo, sin embargo, que a veces no se deba usar alguna reprimenda y aspereza a tiempo y lugar, según la importancia, la condición y la necesidad de las personas, sino que solamente debemos ser movidas a esto por la caridad y por el celo de las almas.
Del «Testamento espiritual» de santa Ángela Merici, virgen