Cuando se cumplan todos nuestros deseos, es decir, en la vida eterna, la fe cesará. Ya no será objeto de fe toda esa serie de verdades que en el «Credo» se cierra con las palabras: «vida eterna. Amén».
La primera cosa que se cumple en la vida eterna es la unión del hombre con Dios.
Dios mismo, en efecto, es la recompensa y el fin de todas nuestras fatigas: «Yo soy tu escudo, y tu recompensa será muy grande» (Gn 15,1). Esta unión luego consiste en la visión perfecta: «Ahora vemos como en un espejo, en forma confusa, pero entonces veremos cara a cara» (1Cor 13,12).
La vida eterna además consiste en la alabanza summa, como dice el Profeta: «Júbilo y alegría estarán en ella, acciones de gracias e himnos de alabanza» (Is 51,3). Consiste también en la perfecta satisfacción del deseo. Allí, en efecto, cada bienaventurado tendrá más de lo que ha deseado y esperado. La razón es que nadie puede en esta vida saciar plenamente sus deseos, ni ninguna cosa creada es capaz de colmar las aspiraciones del hombre. Solo Dios puede saciarlo, e incluso ir mucho más allá, hasta el infinito. Por esto los anhelos del hombre se sacian solo en Dios, según dice Agustín: «Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».
Los santos, en la patria, poseerán perfectamente a Dios. De ello se sigue que llegarán al ápice de cada uno de sus deseos y que su gloria será superior a lo que esperaban. Por esto dice el Señor: «Ten parte en la alegría de tu señor» (Mt 25,21); y Agustín añade: «Toda la alegría no entrará en los bienaventurados, sino que todos los bienaventurados entrarán en la alegría. Me saciaré cuando aparezca tu gloria»; y también: «Él sacia de bienes tu deseo». Todo lo que puede procurar felicidad, allí está presente y en grado sumo. Si se buscan deleites, allí habrá el máximo y más absoluto deleite, porque se trata del bien supremo, es decir, de Dios: «Delicias sin fin a tu derecha» (Sal 15,11).
La vida eterna finalmente consiste en la gozosa fraternidad de todos los santos. Será una comunión de espíritus extremadamente deliciosa, porque cada uno tendrá todos los bienes de todos los demás bienaventurados. Cada uno amará al otro como a sí mismo y por eso gozará del bien ajeno como propio.
Así la alegría de uno solo será tanto mayor cuanto más grande sea la alegría de todos los demás bienaventurados.
San Tomás de Aquino