Uno es el Señor que en el Verbo y en la Sabiduría todo lo creó y dispuso.
Este es el Verbo de Dios, el Señor nuestro Jesucristo, que en la plenitud de los tiempos se hizo hombre entre los hombres para unir el fin con su principio, es decir, al hombre con Dios.
Por eso los profetas, dotados por el mismo Verbo de su carisma, anunciaron de antemano la encarnación de aquel que habría de obrar la comunión perfecta entre Dios y el hombre según el plan eterno de amor del Padre. Desde el principio de la historia, el Verbo había anunciado que los hombres verían a Dios y que Dios viviría con ellos en el mundo, y que hablaría con ellos y estaría junto al hombre que él creó para salvarlo, para dejarse alcanzar por él, para liberarlo de las manos de sus perseguidores (cf. Lc 1, 71), es decir, de los espíritus de corrupción y de pecado. Dios haría que pudiéramos servirle en santidad y justicia todos nuestros días (cf. Lc 1, 74-75). Así, el hombre, unido al Espíritu de Dios, entraría en la gloria del Padre.
Los profetas anunciaron de antemano que Dios sería visto por los hombres, conforme a las palabras del Señor: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8). Ciertamente, en la realidad de su grandeza y de su gloria inefable, nadie podrá ver a Dios y vivir (cf. Ex 33, 20). El Padre, en efecto, es inaccesible. Pero en su amor, en su bondad y en su poder ha llegado hasta conceder a los que lo aman el privilegio de poder verlo. Y es precisamente esto lo que anunciaban los profetas, pues «lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios» (Lc 18, 27). El hombre, en efecto, con sus propias fuerzas no puede ver a Dios. Pero si Dios lo quiere, en el abismo de su voluntad se deja ver por quien quiere, cuando quiere y como quiere.
Dios tiene poder sobre todos y sobre todas las cosas. Se hizo accesible en otro tiempo en visión profética por medio de su Espíritu, se deja ver ahora por medio de su Hijo, dando la adopción de hijos. Será visto, por fin, en el reino de los cielos en la plenitud de su paternidad. El Espíritu, en efecto, prepara a los hombres en el Hijo. El Hijo los conduce al Padre. El Padre dona la incorruptibilidad y la vida eterna, que derivan de la visión de Dios para los que lo ven. Como los que ven la luz están en la luz, y participan de su esplendor y perciben su claridad, así los que ven a Dios, están en Dios y reciben su esplendor. El esplendor de Dios da la vida: la reciben los que ven a Dios.