La Chiesa sin duda es llamada católica, es decir, universal, por el hecho de estar extendida por todas partes desde un extremo hasta el otro de los confines de la tierra, y porque universalmente y sin deficiencia enseña todos los dogmas que deben llegar al conocimiento de los hombres, tanto respecto a las cosas visibles como a las invisibles, tanto respecto a las cosas celestiales como a las terrenales. La Iglesia se dice católica también porque está destinada a conducir a todo el género humano, autoridades y súbditos, doctos e ignorantes, al culto justo. Es católica, finalmente, porque cura y sana todo género de pecados que se cometen por medio del alma y del cuerpo. Ella posee además todo género de santidad de la acción, del hablar y también la de los carismas más diversos.
Con término muy apropiado se llama Iglesia, vale a decir asamblea convocada, porque reúne a todos y los recoge en unidad, como dice el Señor en el Levítico: Y convoca toda la asamblea delante de la puerta del tabernáculo (cfr. Lv 8, 3). Es ciertamente digno de nota que este término «convoca» sea empleado por primera vez en la Escritura precisamente en este pasaje, donde se lee que el Señor constituye a Aarón sumo sacerdote. Y en el Deuteronomio Dios dice a Moisés: Convoca al pueblo, y yo haré oír a ellos mis palabras, para que aprendan a temerme (cfr. Dt 4, 10). Del nombre iglesia hace también nuevamente mención cuando, respecto a las tablas dice: Y en ellas estaban escritas todas las palabras que el Señor había promulgado para vosotros en el monte, en medio del fuego, en el día de la Iglesia (cfr. Dt 10, 4), es decir, de la asamblea convocada, como si dijera más abiertamente: «En el día en que, llamados por el Señor, habéis sido reunidos». También el salmista dice: «Te alabaré, Señor, en la gran asamblea, te celebraré en medio de un pueblo numeroso». (Sal 34, 18).
Antes el salmista ya había cantado: «Bendice a Dios en vuestras asambleas, bendice al Señor, vosotros de la estirpe de Israel» (Sal 67, 27). De las gentes el Salvador edificó una segunda santa Iglesia, la nuestra de cristianos, respecto a la cual dijo a Pedro: «Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18).
Rechazada, en efecto, aquella iglesia, que era la única que existía en Judea, en adelante por todo el mundo se multiplican las iglesias de Cristo, de las cuales ha sido dicho en los salmos: «Cantad al Señor un canto nuevo, su alabanza en la asamblea de los fieles» (Sal 149, 1). A estos judíos el profeta se dirigió con expresiones semejantes: «Yo no me complazco en vosotros, dice el Señor de los ejércitos», y de inmediato añade: «Por esto desde el oriente al occidente grande es mi nombre entre las gentes» (Ml 1, 10-11). A respecto de esta misma santa Iglesia católica, escribe Pablo a Timoteo: «Para que sepas cómo debes comportarte en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios viviente, columna y soporte de la verdad» (1 Tm 3, 14).

San Cirilo de Jerusalén, obispo