Impulsados por el fuego del Espíritu Santo, los apóstoles recorrieron toda la tierra. Encendidos por el mismo fuego, los misioneros apostólicos alcanzaron, alcanzan y alcanzarán los confines del mundo de un polo al otro de la tierra para anunciar la palabra de Dios, de modo que se pueda aplicar legítimamente a sí mismos aquellas palabras del apóstol Pablo: «El amor de Cristo nos impulsa» (2 Cor 5, 14).
La caridad de Cristo nos incita, nos empuja a correr y a volar, llevados por las alas de un santo celo. Quien ama verdaderamente, ama a Dios y al prójimo. Quien es verdaderamente celoso es también amante, pero en un grado más alto, según el grado del amor; de modo que cuanto más arde de amor, tanto más es impulsado por el celo. Si alguien no tiene celo, esto da testimonio de que en su corazón el amor y la caridad están apagados. Quien es celoso, anhela y realiza cosas sublimes y trabaja para que Dios sea cada vez más conocido, amado y servido en esta vida y en la otra. Este santo amor, en efecto, no tiene fin. Lo mismo hace con el prójimo. Desea y procura solícitamente que todos estén contentos en esta tierra y felices y beatos en la patria celestial; que todos se salven, que nadie se pierda para la eternidad, ni ofenda a Dios y permanezca, aunque sea un instante, en el pecado. Así lo hicieron los santos apóstoles y todos aquellos que fueron movidos por espíritu apostólico.
Yo me digo a mí mismo: El hijo del Inmaculado Corazón de María es una persona que arde de caridad y dondequiera que pasa quema. Desea efectivamente y se esfuerza con todas sus fuerzas por encender a los hombres con el fuego del amor divino. No se deja desviar por nada, goza de las privaciones, afronta las fatigas, abraza los trabajos, se alegra de las calumnias, es feliz en los tormentos. No piensa en otra cosa sino en cómo seguir a Jesucristo e imitarlo en la oración, en la fatiga, en la paciencia y en buscar siempre y solo la gloria de Dios y la salvación de las almas.