Qué es el hombre y cuál es la nobleza de nuestra naturaleza, de cuánta fuerza es capaz este ser pensante, lo muestra de un modo muy particular Pablo. Cada día subía más alto, cada día se encendía más y combatía con siempre mayor valor contra las dificultades que encontraba. Aludiendo a esto decía: Olvido lo que queda atrás y me extiendo hacia lo que está delante (cf. Flp 3, 13). Viendo que la muerte era ya inminente, invitaba a todos a la comunión de su alegría diciendo: «Alegraos y gozaos conmigo» (Flp 2, 18). Exulta igualmente también ante los peligros inminentes, las ofensas y cualquier injuria y, escribiendo a los Corintios, dice: Me glorío en mis debilidades, en las afrentas y en las persecuciones (cf. 2 Cor 12, 10). Añade que estas son las armas de la justicia y muestra cómo precisamente de aquí le viene el mayor fruto, y es victorioso de los enemigos. Golpeado en todas partes con azotes, herido por injurias e insultos, se comporta como si celebrara triunfos gloriosos o alzara en alto trofeos. Se jacta y da gracias a Dios, diciendo: Damos gracias a Dios, que siempre nos hace triunfar (cf. 2 Cor 2, 14). Por esto, animado por su celo de apóstol, prefería más la frialdad ajena y las injurias que el honor, del cual nosotros somos tan avaros. Prefería la muerte a la vida, la pobreza a la riqueza y deseaba mucho más la fatiga que no el descanso. Una cosa detestaba y rechazaba: la ofensa a Dios, al cual por su parte quería agradar en todo.
Gozar del amor de Cristo era la cima de sus aspiraciones y, gozando de este su tesoro, se sentía más feliz que todos. Sin él, por el contrario, nada significaba para él la amistad de los poderosos y de los príncipes. Prefería ser el último de todos, o incluso un condenado, pero con el amor de Cristo, más bien que encontrarse entre los más grandes y los más poderosos del mundo, pero privado de ese tesoro.
El mayor y único tormento para él habría sido perder este amor. Eso habría sido para él el infierno, la única pena, el mayor y el más insoportable de los suplicios.
El gozo del amor de Cristo era para él todo: vida, mundo, condición angelical, presente, futuro, y todo otro bien. Fuera de esto, nada reputaba bello, nada gozoso. Por eso miraba a las cosas sensibles como a hierba marchita. Los mismos tiranos y las revoluciones de pueblos perdían todo filo. Pensaba finalmente que la muerte, el sufrimiento y mil suplicios se convirtieran en juegos de niños cuando se trataba de soportarlos por Cristo.

San Francisco de Sales, obispo