En el aprender y profesar la fe, abraza y retén únicamente aquella que ahora te es propuesta por la Iglesia y está garantizada por todas las Escrituras. Pero no todos son capaces de leer las Escrituras. Algunos están impedidos por incapacidad, otros por diversas ocupaciones. Por eso, para impedir que el alma reciba daño de esta ignorancia, todo el dogma de nuestra fe viene sintetizado en pocas frases.
Te aconsejo que lleves contigo esta fe como provisión de viaje para todos los días de tu vida y no tomes nunca otra fuera de ella, aunque nosotros mismos, cambiando de opinión, debiéramos enseñar lo contrario de lo que enseñamos ahora, o incluso aunque un ángel del mal, cambiándose en ángel de luz, intentara inducirte al error. Así «aunque nosotros mismos o un ángel del cielo os predique un evangelio distinto del que os hemos predicado, sea anatema» (Gal 1, 8).
Esforzate por retener bien en memoria el símbolo de la fe. No ha sido hecho según caprichos humanos, sino que es el resultado de una selección de los puntos más importantes de toda la Escritura. Ellos componen y forman la única doctrina de la fe. Y como un granito de mostaza, por pequeño que sea, contiene en germen todas las ramitas, así el símbolo de la fe contiene, en todas sus breves fórmulas, toda la suma de doctrina que se encuentra tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.
Por tanto, hermanos, conservad con todo empeño la tradición que os ha sido transmitida y escribid sus enseñanzas en lo más profundo del corazón.
Vigilad atentamente para que el enemigo no os encuentre indolentes y perezosos y así os robe este tesoro. Estad en guardia para que ningún hereje pervierta las verdades que os han sido enseñadas. Recordad que creer significa hacer fructificar la moneda que ha sido puesta en vuestras manos. Y no olvidéis que Dios os pedirá cuenta de lo que os ha sido donado.
«Os conjuro», como dice el Apóstol, «ante Dios que da vida a todas las cosas, y ante Cristo Jesús, que dio su bella testimonio delante de Poncio Pilato» (1 Tm 6, 13), conservad intacta hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo esta fe que os ha sido enseñada.
Te ha sido encomendado el tesoro de la vida, y el Señor te exigirá este depósito en el día de su venida «que en el tiempo señalado será revelada por el bienaventurado y único Soberano, Rey de los que reinan y Señor de los que señorean; el único que posee la inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver» (1 Tm 6, 15-16). Al cual sea gloria, honor e imperio por los siglos eternos. Amén.
De las «Catequesis» de san Cirilo de Jerusalén, obispo
Te aconsejo que lleves contigo esta fe como provisión de viaje para todos los días de tu vida y no tomes nunca otra fuera de ella, aunque nosotros mismos, cambiando de opinión, debiéramos enseñar lo contrario de lo que enseñamos ahora, o incluso aunque un ángel del mal, cambiándose en ángel de luz, intentara inducirte al error. Así «aunque nosotros mismos o un ángel del cielo os predique un evangelio distinto del que os hemos predicado, sea anatema» (Gal 1, 8).
Esforzate por retener bien en memoria el símbolo de la fe. No ha sido hecho según caprichos humanos, sino que es el resultado de una selección de los puntos más importantes de toda la Escritura. Ellos componen y forman la única doctrina de la fe. Y como un granito de mostaza, por pequeño que sea, contiene en germen todas las ramitas, así el símbolo de la fe contiene, en todas sus breves fórmulas, toda la suma de doctrina que se encuentra tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.
Por tanto, hermanos, conservad con todo empeño la tradición que os ha sido transmitida y escribid sus enseñanzas en lo más profundo del corazón.
Vigilad atentamente para que el enemigo no os encuentre indolentes y perezosos y así os robe este tesoro. Estad en guardia para que ningún hereje pervierta las verdades que os han sido enseñadas. Recordad que creer significa hacer fructificar la moneda que ha sido puesta en vuestras manos. Y no olvidéis que Dios os pedirá cuenta de lo que os ha sido donado.
«Os conjuro», como dice el Apóstol, «ante Dios que da vida a todas las cosas, y ante Cristo Jesús, que dio su bella testimonio delante de Poncio Pilato» (1 Tm 6, 13), conservad intacta hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo esta fe que os ha sido enseñada.
Te ha sido encomendado el tesoro de la vida, y el Señor te exigirá este depósito en el día de su venida «que en el tiempo señalado será revelada por el bienaventurado y único Soberano, Rey de los que reinan y Señor de los que señorean; el único que posee la inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver» (1 Tm 6, 15-16). Al cual sea gloria, honor e imperio por los siglos eternos. Amén.
De las «Catequesis» de san Cirilo de Jerusalén, obispo