Hoy la iglesia de Roma celebra el día del triunfo de Lorenzo, día en que él rechazó el mundo del mal. Lo pisó cuando se ensañaba furiosamente contra él y lo despreció cuando lo tentaba con sus halagos. En un caso y en el otro venció a Satanás, que le suscitaba la persecución.
San Lorenzo era diácono de la iglesia de Roma. Allí era ministro de la sangre de Cristo y allí, por el nombre de Cristo, derramó su sangre.
El bienaventurado apóstol Juan expuso claramente el misterio de la muerte del Señor, diciendo: «Como Cristo ha dado su vida por nosotros, así también nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Jn 3, 16). Lorenzo, hermanos, comprendió todo esto. Lo comprendió y lo puso en práctica. Y de verdad retribuyó lo que había recibido en tal mesa. Amó a Cristo en su vida, lo imitó en su muerte.
También nosotros, hermanos, si verdaderamente amamos, imitemos. No podríamos, en efecto, dar a cambio un fruto más exquisito de nuestro amor que el que consiste en la imitación de Cristo, que «padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo, para que sigamos sus huellas» (1 Pt 2, 21). Con esta frase parece casi que el apóstol Pedro quiso decir que Cristo padeció solamente por aquellos que siguen sus huellas, y que la pasión de Cristo solo aprovecha a quienes lo siguen. Los santos mártires lo siguieron hasta la efusión de la sangre, hasta asemejarse a él en la pasión. Lo siguieron los mártires, pero no solo ellos. En efecto, después de que ellos pasaron, no se interrumpió el puente; ni se secó la fuente, después de que ellos bebieron.
El hermoso jardín del Señor, oh hermanos, posee no solo las rosas de los mártires, sino también los lirios de los vírgenes, la hiedra de aquellos que viven en el matrimonio, las violetas de las viudas. Ninguna persona debe dudar de su propia llamada: Cristo ha sufrido por todos. Con toda verdad fue escrito de él: «Él quiere que todos los hombres sean salvados, y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tm 2, 4).
Por tanto, busquemos comprender de qué manera, además de la efusión de la sangre, además de la prueba de la pasión, el cristiano debe seguir al Maestro. El Apóstol, hablando de Cristo Señor, dice: «Él, siendo de condición divina, no estimó presuntuoso ser igual a Dios». ¡Qué sublimidad!
«Sino que se despojó a sí mismo, tomando condición de siervo, y haciéndose semejante a los hombres; y aparecido en forma de hombre, se humilló a sí mismo» (Flp 2, 7-8). ¡Qué abajamiento!
Cristo se humilló: he aquí, oh cristiano, el ejemplo a imitar. Cristo se hizo obediente: ¿por qué te ensoberbeces? Después de haber recorrido todos los grados de este abajamiento, después de haber vencido a la muerte, Cristo ascendió al cielo: sigámoslo. Escuchemos al Apóstol que dice: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad lo de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios» (Col 3, 1).
De los «Discursos» de San Agustín, obispo