El Señor ha manifestado en todo el mundo su salvación
La Providencia misericordiosa, habiendo decidido socorrer en los últimos tiempos al mundo que iba a la ruina, estableció que la salvación de todos los pueblos se cumpliera en Cristo.
Un tiempo se había prometido a Abraham una innumerable descendencia que sería generada no según la carne, sino en la fecundidad de la fe: ella había sido comparada con la multitud de las estrellas para que el padre de todas las gentes esperara no una estirpe terrenal, sino celestial.
Entre, entre, pues, en la familia de los patriarcas la gran masa de las gentes, y los hijos de la promesa reciban la bendición como estirpe de Abraham, mientras a esta renuncian los hijos de su sangre. Todos los pueblos, representados por los tres magos, adoren al Creador del universo, y Dios sea conocido no solo en Judea, sino en toda la tierra, para que en todas partes en Israel sea grande su nombre (cf. Sal 75, 2).
Hijos carísimos, amonestados por estos misterios de la gracia divina, celebremos con alegría del espíritu el día de nuestro nacimiento y el principio de la llamada a la fe de todas las gentes. Demos gracias a Dios misericordioso que, como afirma el Apóstol, «nos ha hecho dignos de participar en la herencia de los santos en la luz. Él nos ha librado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo amado» (Col 1, 12-13). Lo había anunciado Isaías: El pueblo de las gentes, que vivía en tinieblas, vio una gran luz, y sobre los que habitaban en tierra y sombra de muerte, una luz resplandeció (cf. Is 9, 1). De ellos dice aún Isaías al Señor: Los pueblos que no te conocían te invocarán, y los pueblos que no te ignoraban acudirá a ti (cf. Is 55, 5).
Abraham vio este día y se alegró (cf. Jn 8, 56). Se alegró cuando conoció que los hijos de su fe serían bendecidos en su descendencia, es decir, en Cristo, y cuando vislumbró que por su fe se haría padre de todos los pueblos. Dio gloria a Dios, plenamente convencido de que lo que el Señor había prometido lo cumpliría (Rm 4, 20-21). Este día cantaba en los salmos David diciendo: «Todos los pueblos que has creado vendrán y se postrarán ante ti, Señor, para dar gloria a tu nombre» (Sal 85, 9); y aún: «El Señor ha manifestado su salvación, a los ojos de los pueblos ha revelado su justicia» (Sal 97, 2).
Todo esto, lo sabemos, se ha realizado cuando los tres magos, llamados de sus lejanas tierras, fueron conducidos por una estrella a conocer y adorar al Rey del cielo y de la tierra. Esta estrella nos exhorta particularmente a imitar el servicio que ella prestó, en el sentido de que debemos seguir, con todas nuestras fuerzas, la gracia que invita a todos a Cristo. En este empeño, mis queridos, debéis todos ayudaros mutuamente. Resplandeceréis así como hijos de la luz en el reino de Dios, adonde conducen la recta fe y las buenas obras. Por nuestro Señor Jesucristo, que con Dios Padre y con el Espíritu Santo vive y reina por todos los siglos de los siglos. Amén.
San León Magno, papa