El pecado de Adán se transmitió a todo el género humano: «Como por un solo hombre», dice el Apóstol, «el pecado entró en el mundo, y con el pecado la muerte, y así la muerte se extendió a todos los hombres, porque todos pecaron» (Rm 5, 12). Es, por tanto, necesario que también la justicia de Cristo se transmita a todo el género humano, y como Adán, con su pecado, fue causa de ruina para toda su descendencia, así Cristo será causa de salvación por su justicia. Sobre esto insiste el Apóstol: «Como por la desobediencia de uno solo todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos, y como el pecado reinó por medio de la muerte, así también reine la gracia por medio de la justicia para la vida eterna» (Rm 5, 19. 21).
Tal vez alguien me dirá: Era justo que el pecado de Adán pasara a los posteriores, porque descendían de él por generación. ¿Pero hemos sido generados por Cristo para que de él descienda a nosotros la salvación? Efectivamente, las cosas están así y se entenderá de inmediato.
En los últimos tiempos, Cristo tomó de María el alma y la carne. Esta es la carne que él vino a salvar, que no abandonó en los infiernos y que unió a su espíritu y hizo suya. Estas son las bodas del Señor, contraídas con una sola carne, para que Cristo y la Iglesia, según ese gran misterio, fueran dos en una sola carne.
De estas bodas nace el pueblo cristiano, mientras desde lo alto desciende el Espíritu del Señor. El germen celestial es infundido y unido a la sustancia de nuestro alma; por tanto, comenzamos a desarrollarnos en el seno materno y, al venir a la luz, entramos en la vida que nos es dada por Cristo.
Por esto el Apóstol dice: «El primer hombre, Adán, se convirtió en ser viviente, pero el último Adán se convirtió en espíritu que da vida» (1 Cor 15, 45). De este modo, Cristo engendra en la Iglesia por medio de sus sacerdotes, como se expresa el mismo Apóstol: «Yo os he engendrado en Cristo» (1 Cor 4, 15).
Así, Cristo, mediante el Espíritu de Dios, por el ministerio del sacerdote y la fuerza de la fe, da a luz al hombre nuevo, formado en el seno de la madre y acogido en la Iglesia con el parto del fuente bautismal.
Es, por tanto, necesario acoger a Cristo para que él pueda regenerarnos. Lo afirma el apóstol Juan: «A los que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios» (Jn 1, 12). Tal nacimiento no puede tener lugar sino con el sacramento del bautismo, del crisma y del sacerdote. En efecto, con el bautismo son lavados nuestros pecados, con el crisma nos es infundido el Espíritu Santo: ambas cosas las obtenemos de la mano y de la boca del sacerdote. De este modo, todo el hombre renace en Cristo: «Como Cristo fue resucitado de entre los muertos, así también nosotros podemos caminar en una vida nueva» (Rm 6, 4), es decir, que, abandonados los errores de la vida anterior, por medio del Espíritu seguimos, siguiendo el ejemplo de Cristo, una vida virtuosa.
San Paciano, obispo
Del «Discurso sobre el bautismo»