Entremos en la fortaleza fundada sobre Cristo, piedra muy firme que nunca vacila. Esforcémonos con todo empeño por permanecer en ella. Entonces se cumplirá sobre nosotros el dicho: «Él ha establecido mis pies sobre la roca, ha hecho seguros mis pasos» (Sal 39, 3). Así, bien fundados y puestos en seguridad, dediquémonos ya a la contemplación para considerar qué quiere el Señor de nosotros, qué le agrada y qué es agradable a sus ojos. Sepamos que «todos fallamos en muchas cosas» (Gc 3, 2) y que nuestro esfuerzo, desgraciadamente, se dirige contra su santa voluntad, en lugar de unirse y adherirse a ella. Humilémonos, pues, bajo la mano poderosa del Dios altísimo y busquemos de todo modo reconocernos como realmente somos ante los ojos de su misericordia, diciendo: «Sana, Señor, mi alma, que he pecado contra ti» (Sal 40, 5). Podemos hacer también esta otra oración: «Ten piedad de mí, Señor; saname, contra ti he pecado» (Sal 40, 5).

Cuando el ojo del corazón se ha esclarecido con la luz de esta oración, rechacemos la amargura que quiere entrar en nuestro espíritu, y abrámosnos más bien al gran gozo que está en el reposo en el Espíritu de Dios. Más que la voluntad de Dios en nosotros, contemplemos la voluntad de Dios en sí misma. En efecto, «en la voluntad de Dios está la vida» (Sal 29, 6 vulg.). Lo que concuerda con su voluntad es, sin duda, más útil para nosotros y más conforme a nuestras necesidades.

Guardemos con diligencia la vida del alma y, con la misma premura, abstengámonos de seguir caminos que no se concilien con ella. Cuando ya hemos hecho algún progreso en el camino espiritual bajo la guía del Espíritu Santo, que escudriña también las profundidades de Dios, salgamos de nosotros mismos y entremos en él, que es tan bueno. Oremos con el profeta para conocer su voluntad, y no visitemos ya nuestro corazón, sino su templo, diciendo: «En mí se abate mi alma, por eso te recuerdo» (Sal 41, 7).

Debemos mirarnos a nosotros mismos y dolernos de nuestros pecados en orden a la salvación. Pero también debemos mirar a Dios, respirar en él para tener la alegría y la consolación del Espíritu Santo. De una parte nos vendrá el temor y la humildad, de la otra la esperanza y el amor.

San Bernardo, abad