Soy lleno de alegría, hermano carísimo, por el ardiente celo que te impulsa a promover la gloria de Dios. En nuestros tiempos, constatamos, no sin tristeza, la propagación del «indiferentismo». Una enfermedad casi epidémica que se va difundiendo en diversas formas no solo en la generalidad de los fieles, sino también entre los miembros de los institutos religiosos. Dios es digno de gloria infinita. Nuestra primera y principal preocupación debe ser la de darle alabanza a la medida de nuestras débiles fuerzas, conscientes de no poder glorificarlo tanto como él merece.
La gloria de Dios resplandece sobre todo en la salvación de las almas que Cristo ha redimido con su sangre. De aquí que el empeño primordial de nuestra misión apostólica será el de procurar la salvación y la santificación del mayor número de almas. Y he aquí en pocas palabras los medios más adecuados para procurar la gloria de Dios en la santificación de las almas. Dios, ciencia y sabiduría infinita, que conoce perfectamente lo que debemos hacer para aumentar su gloria, manifiesta normalmente su voluntad mediante sus representantes en la tierra.
La obediencia, y solo ella, es la que nos manifiesta con certeza la divina voluntad. Es cierto que el superior puede errar, pero quien obedece no se equivoca. La única excepción se verifica cuando el superior manda algo que claramente, incluso en cosas mínimas, va contra la ley divina. En este caso él ya no es intérprete de la voluntad de Dios.
Dios es todo: solo él es infinito, sapientísimo, clementísimo Señor, creador y Padre, principio y fin, sabiduría, poder y amor. Todo lo que existe fuera de Dios tiene valor en cuanto se refiere a él, que es creador de todas las cosas, redentor de los hombres, fin último de todas las creaciones. Él nos manifiesta su voluntad y nos atrae a sí a través de sus representantes en la tierra, queriendo servirse de nosotros para atraer a sí otras almas y unirlas en la perfecta caridad.
Considera, hermano, cuán grande es, por la misericordia de Dios, la dignidad de nuestra condición. A través del camino de la obediencia superamos los límites de nuestra pequeñez, y nos conformamos a la voluntad divina que nos guía para actuar rectamente con su infinita sabiduría y prudencia. Adhiriéndonos a esta divina voluntad a la que ninguna criatura puede resistir, nos hacemos más fuertes que todos.
Este es el sendero de la sabiduría y de la prudencia, el único camino en el que podemos rendir a Dios la máxima gloria. Si existiera un camino diferente y más adecuado, el Cristo lo habría manifestado ciertamente con su palabra y con el ejemplo. El largo período de la vida oculta de Nazaret está resumido por la Escritura con estas palabras: «y les estaba sujeto» (Lc 2, 51). Todo el resto de su vida está puesto bajo el signo de la obediencia, mostrando frecuentemente que el Hijo de Dios ha descendido a la tierra para cumplir la voluntad del Padre.
Amenemos, pues, hermanos, con todas las fuerzas al Padre celestial lleno de amor por nosotros; y la prueba de nuestra perfecta caridad sea la obediencia, a ejercer sobre todo cuando nos pide sacrificar nuestra voluntad. En efecto, no conocemos otro libro más sublime que Jesucristo crucificado, para progresar en el amor de Dios.
Todas estas cosas las obtendremos más fácilmente por la intercesión de la Virgen Inmaculada que Dios, en su bondad, ha hecho dispensadora de su misericordia. Ninguna duda de que la voluntad de María es la misma voluntad de Dios. Consagrándonos a ella, nos hacemos en sus manos instrumentos de la divina misericordia, como ella lo fue en las manos de Dios.
Déjemonos, pues, guiar por ella, déjemonos conducir de la mano, tranquilos y seguros bajo su guía. María pensará en todo por nosotros, proveerá a todo y alejando toda angustia y dificultad vendrá prontamente en socorro de nuestras necesidades corporales y espirituales.

De las cartas de San Massimiliano María Kolbe