Al ser informado de la muerte del papa Fabián, san Cipriano escribió a los presbíteros y diáconos de Roma esta carta:
«Aún era incierta para nosotros la noticia de la muerte de aquel santo mío cohermano en el episcopado, y las informaciones oscilaban dudosas, cuando recibí de vosotros la carta, enviada por medio del subdiácono Cremencio, de la cual venía plenamente informado de su gloriosa muerte. Entonces me alegro porque a la integridad de su gobierno había seguido un noble final.
En este sentido, me congratulo mucho también con vosotros, porque honráis su memoria con un testimonio tan solemne y espléndido, haciéndonos conocer también a nosotros la gloriosa memoria que tenéis de vuestro obispo y ofreciéndonos también un ejemplo de fe y fortaleza.
En efecto, tanto es perjudicial para los súbditos la caída de quien está al frente, como es útil y saludable un obispo que se ofrece a los hermanos como ejemplo de firmeza de fe».
Parece que antes aún de recibir esta carta, la Iglesia de Roma ofreció a la Iglesia de Cartago el siguiente testimonio de su fidelidad en la persecución:
«La Iglesia resiste fuerte en la fe. Es cierto que algunos, o porque impresionados por la resonancia que podrían suscitar a causa de su alta posición social, o por la fragilidad humana, han cedido; sin embargo, por cuanto ya separados de nosotros, no los hemos abandonado en su defección, sino que los hemos ayudado y aún estamos cerca de ellos para que se rehabiliten mediante la penitencia y reciban el perdón de aquel que puede concederlo.
Si, en efecto, los dejáramos a su suerte, su caída se volvería irreparable.
Esforzaos en hacer vosotros también lo mismo, hermanos carísimos, tendiendo la mano a los que han caído para que se levanten. Así, si tuvieran que sufrir aún el arresto, se sentirán fuertes para confesar esta vez la fe y remediar el error anterior.
Permitidnos recordaros también cuál es la línea a seguir en otro problema.
Los que cedieron en la prueba, si enfermos, y siempre que arrepentidos y deseosos de la comunión con la Iglesia, deben ser socorridos. Las viudas y otros imposibilitados de presentarse espontáneamente, así como los que se encuentran en la cárcel o lejos de sus casas, deben encontrar a quien les atienda. Tampoco los catecúmenos golpeados por la enfermedad deben quedarse defraudados en sus esperanzas de ayuda.
Os saludan los hermanos que están en la cárcel, los presbíteros y toda la Iglesia, la cual con la máxima solicitud vela por todos los que invocan el nombre del Señor. Pero también nosotros pedimos el recíproco de vuestra memoria».

De las «Cartas» de san Cipriano, obispo y mártir, y de la Iglesia de Roma sobre el martirio de san Fabián, papa