«Como la cierva ansía por los cursos de agua, así mi alma ansía por ti, oh Dios» (Sal 41, 2). Así como esos ciervos anhelan los cursos de agua, así también nuestros ciervos que, alejándose de Egipto y del mundo, han matado al faraón en sus aguas y han sumergido a su ejército en el bautismo, después de la muerte del diablo, anhelan las fuentes de la Iglesia, es decir, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
De que el Padre sea fuente, está escrito en el profeta Jeremías: «Me han abandonado a mí, fuente de agua viva, para cavarse cisternas agrietadas que no retienen el agua» (Jer 2, 13). Del Hijo luego leemos en un pasaje: «Han abandonado la fuente de la Sabiduría» (Bar 3, 12). Finalmente del Espíritu Santo se dice: «El que beba del agua que yo le daré..., (esta) se convertirá en él en fuente de agua que brota para la vida eterna» (Jn 4, 14). El evangelista explica el pasaje diciendo que esta palabra del Señor se refiere al Espíritu Santo. Los textos citados prueban clarísimamente que el misterio de la Trinidad es la triple fuente de la Iglesia.
A esta fuente anhela el alma del creyente, esta fuente desea el alma del bautizado, diciendo: Mi alma tiene sed de Dios, fuente viva (cf. Sal 41, 3). No ha deseado fríamente ver a Dios, sino que lo ha deseado con todo el anhelo, ha tenido una sed ardentísima. Antes de recibir el bautismo hablaban entre sí y decían: «¿Cuándo vendré y veré el rostro de Dios?» (Sal 41, 3). He aquí, se ha cumplido lo que pedían; han venido y están de pie delante del rostro de Dios y se han presentado delante del altar y del misterio del Salvador.
Admitidos a recibir el Cuerpo de Cristo y renacidos en la fuente de la vida, hablan con confianza y dicen: Me adentraré en el lugar del tabernáculo admirable, hasta la casa de Dios (cf. Sal 41, 5 Vulgata). La casa de Dios es la Iglesia, este es el tabernáculo admirable, porque en él se encuentra «la voz de la alegría y de la alabanza y el canto de los que se sientan en el banquete».
Vosotros que os habéis revestido de Cristo y, siguiendo nuestra guía, mediante la palabra de Dios habéis sido arrancados como peces pequeños al anzuelo fuera de los remolinos de este mundo, decid pues: En nosotros ha cambiado la naturaleza de las cosas. En efecto, los peces, que son sacados del mar, mueren. Los apóstoles en cambio nos han sacado del mar de este mundo y nos han pescado para que de muertos fuéramos vivificados. Mientras estábamos en el mundo, nuestros ojos miraban hacia lo profundo del abismo y nuestra vida estaba sumergida en el lodo, pero, después de haber sido arrancados a las olas, hemos comenzado a ver el sol, hemos comenzado a contemplar la verdadera luz y emocionados por una alegría extraordinaria, decimos a nuestro alma: «Espera en Dios: aún podré alabarlo, él, salvación de mi rostro y mi Dios» (Sal 41, 6).
san Jerónimo, sacerdote y doctor de la Iglesia