El Espíritu intercede por nosotros. Quien pide al Señor una única cosa y esa sola busca obtener (cf. Sal 26, 4), pide con certeza y seguridad, y no teme que le pueda perjudicar cuando la ha obtenido. Pero, sin ella, nada de lo que haya obtenido, orando como conviene, le podría ser de provecho. Esta cosa es la única y verdadera vida, la sola bienaventurada, porque en ella se gozan las delicias del Señor por la eternidad, después de haberse hecho inmortales e incorruptibles en cuerpo y alma. Es la cosa a la que debe subordinarse la petición de todo otro don, la única que nunca se equivocará al pedirla. Quien haya alcanzado esta vida, tendrá todo lo que quiere, ni podrá desear allá tener cosa que no convenga.
En ella, en efecto, se encuentra la fuente de la vida, de la cual ahora debemos tener sed cuando oramos, mientras vivimos en la esperanza y aún no vemos aquello que esperamos ver cuando estemos bajo la protección de sus alas. Por ahora, pongamos ante él todo nuestro deseo de embriagarnos de la abundancia de su casa y de saciarnos en el torrente de sus delicias; porque junto a él está la fuente de la vida y en su luz veremos la luz (cf. Sal 35, 8-10). Cuando luego nuestro deseo esté saciado de bienes, no habrá ya que pedir con gemidos, sino solo poseer con alegría.
Sin embargo, como esta paz sobrepasa toda inteligencia humana, también cuando la pedimos en la oración, no sabemos qué pedir como conviene. Lo que no podemos imaginar cómo es en realidad, ciertamente no podemos decir que lo conocemos. Hay tantas cosas que nosotros rechazamos, rehusamos, despreciamos, cuando su imagen se presenta a nuestra mente. Sabemos que no es lo que buscamos, aunque aún no sabemos cómo es en realidad el objeto de nuestros deseos.
Hay, pues, en nosotros, por así decirlo, una ignorancia docta, pero instruida por el Espíritu de Dios, que ayuda nuestra debilidad. Habiendo dicho el Apóstol: «Pero si esperamos lo que no vemos, con perseverancia lo esperamos», añade inmediatamente: «Del mismo modo también el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, pues no sabemos qué hemos de pedir como conviene, pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables; y el que escudriña los corazones sabe qué es lo que el Espíritu desea, porque él intercede por los santos según la voluntad de Dios» (Rm 8, 25-27).
No debemos entender, sin embargo, esto en el sentido de que el Espíritu Santo de Dios, el cual en la Trinidad es Dios inmortal y un solo Dios con el Padre y el Hijo, interceda por los santos, como uno que no sea lo que es, es decir, Dios. En realidad se dice: «Intercede por los santos», porque mueve a los santos a la oración. Del mismo modo está escrito: «El Señor, vuestro Dios, os pone a prueba para saber si le amáis» (Dt 13, 4), es decir, para hacer conocer a vosotros mismos si le amáis.
El Espíritu de Dios, pues, mueve a los santos a orar con gemidos inefables, inspirándoles el deseo de una cosa tan grande, pero aún desconocida, que nosotros esperamos mediante la esperanza. De otro modo, ¿cómo se podría describir en la oración un bien que se desea sin conocerlo? En realidad, si fuera totalmente desconocido, no sería objeto de deseo, y si por otra parte lo se viera, como realidad ya poseída, no sería ni deseado, ni buscado con gemidos.
Santo Agustín, obispo