El Espíritu Santo hace a los apóstoles capaces de anunciar la buena noticia
Cristo Jesús, Señor nuestro, durante todo el tiempo que vivió en la tierra manifestó quién era, quién había sido, cuál era la voluntad del Padre, qué debía hacer el hombre. Esta revelación la hizo abiertamente al pueblo y por separado a los discípulos, entre los cuales eligió a los Doce, como participantes de su magisterio universal.
Por lo tanto, excluido uno de ellos, a punto de regresar al Padre, después de la resurrección, ordenó a los otros Once que fueran y enseñaran a las naciones, bautizándolas en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Los apóstoles, cuyo nombre significa «enviados», sortearon como duodécimo de su grupo a Matías en lugar de Judas, y esto en obsequio a la autoridad profética del salmo de David. Habiendo recibido, según la promesa, el Espíritu Santo que debía hacerlos capaces de hacer milagros y de predicar, testimoniaron la fe en Jesucristo primero en Judea y luego en todo el mundo, estableciendo en todas partes iglesias particulares. En todas partes hicieron resonar la misma enseñanza y anunciaron la misma fe.
Así fundaron iglesias en cada ciudad. De estas recibieron la savia de la fe y las señales de la doctrina todas las otras iglesias y todas las otras poblaciones que tienden a convertirse en iglesias. Todas estas iglesias eran consideradas apostólicas como hijas de las iglesias de los apóstoles.
Es necesario que todo remonte a sus orígenes. Por lo tanto, entre tantas y tan grandes iglesias, única es la primera fundada por los apóstoles y de la cual derivan todas las otras. Así todas son primeras y todas apostólicas, porque todas son una. La comunión de paz, la fraternidad que las caracteriza, la disposición recíproca demuestran su unidad. Título de estos privilegios es la misma tradición y el mismo vínculo sagrado.
Lo que los apóstoles predicaron, es decir, lo que Cristo les reveló, no puede ser demostrado de otra manera que por medio de las propias iglesias que los apóstoles fundaron, y a las cuales predicaron tanto de viva voz, como posteriormente por medio de cartas.
Un día el Señor había dicho abiertamente: «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero por ahora no podéis cargar con ellas»; había, sin embargo, añadido: «Cuando venga, en cambio, el Espíritu de la verdad, él os guiará a la verdad entera» (Jn 16, 12-13). Demostró con esto que no ignoraban nada. Tenían la promesa de recibir «toda la verdad» por medio del Espíritu de verdad. La promesa fue cumplida, como lo demuestran los Hechos de los Apóstoles cuando narran la venida del Espíritu Santo.
Tertuliano, sacerdote