Leeamos en el evangelio que, mientras el Señor predicaba e invitaba a sus discípulos a participar en su pasión en el sacramento convivial de su cuerpo, algunos dijeron: Este lenguaje es duro, y desde ese momento no siguieron con él. Los discípulos, en cambio, interrogados si querían irse también ellos, respondieron: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 68).

Así os digo, hermanos: Hasta hoy hay personas para las cuales es claro que las palabras de Jesús son espíritu y vida, y por eso lo siguen. A otros, en cambio, les parecen duras y buscan en otro lugar consuelos muy pobres. La Sabiduría hace oír su voz en las plazas, es decir, amonesta a aquellos que caminan por el camino ancho y espacioso que conduce a la muerte, para hacer volver a los que por él caminan.

Ella grita: «Durante cuarenta años me disgusté de aquella generación y dije: Es un pueblo de corazón extraviado» (Sal 94, 10). En otro salmo encuentras: El Señor ha hablado una sola vez (cf. Sal 61, 12). Ciertamente, una sola vez, porque habla siempre. En efecto, único e ininterrumpido, pero continuo y sin fin es su hablar.

Invita a los pecadores a volver en sí, los reprende por la dispersión del corazón, porque allí él habita y allí habla, ejecutando en persona la invitación dirigida a través del profeta: «Hablad al corazón de Jerusalén» (Is 40, 2).

Ved, hermanos, cuán saludablemente nos amonesta el profeta para que, si hoy oímos su voz, no endurezcamos nuestros corazones. Son casi las mismas palabras que se leen en el evangelio. El Señor, en efecto, dice: «Mis ovejas oyen mi voz» (Jn 10, 27). Le hace eco el dicho del santo David: «Pueblo de su pastoreo (sin duda el del Señor) y rebaño que él conduce.

Oíd hoy su voz: no endurezcáis el corazón» (Sal 94, 7-8). Oíd, por último, al profeta Habacuc. Él no oculta la reprensión del Señor, antes bien la transmite con fidelidad y celo. Dice, en efecto: Me pondré de centinela, en pie en la fortaleza, a espiar, para ver qué me dirá y qué debo responder a las reprensiones que el Señor me hace (cf. Ab 2, 1).

También nosotros, pues, hermanos, estemos en nuestro puesto de guardia, porque es tiempo de combate. Volvamos en nosotros mismos, examinemos nuestro corazón, donde habita Cristo, actuemos con sabiduría y juicio. Pero nuestra confianza no reside en nosotros mismos. Se apoyaría, en efecto, en un fundamento demasiado débil.

San Bernardo, abad