El Señor cumple sus promesas y vendrá

Anunciamos que Cristo vendrá. En efecto, no es única su venida, sino que hay una segunda, la cual será mucho más gloriosa que la anterior. La primera, en efecto, tuvo el sello del sufrimiento, la otra traerá una corona de divina realeza. Se puede afirmar que casi siempre en nuestro Señor Jesucristo todo acontecimiento es doble. Doble es la generación, una de Dios Padre, antes del tiempo, y la otra, el nacimiento humano, de una virgen en la plenitud de los tiempos.

Dos son también sus descensos en la historia. Una primera vez vino de manera oscura y silenciosa, como la lluvia sobre la lana. Una segunda vez vendrá en el futuro en esplendor y claridad ante los ojos de todos.
En su primera venida fue envuelto en pañales y puesto en un establo, en la segunda se vestirá de luz como de un manto. En la primera aceptó la cruz sin rechazar la deshonra, en la otra avanzará escoltado por las huestes de los ángeles y estará lleno de gloria.

Por lo tanto, no limitémonos a meditar solo la primera venida, sino que vivamos en espera de la segunda. Y puesto que en la primera aclamamos: «Bendito el que viene en nombre del Señor» (Mt 21, 9), la misma alabanza proclamaremos en la segunda. Así, yendo al encuentro del Señor junto con los ángeles y adorándolo, cantaremos: «Bendito el que viene en nombre del Señor» (Mt 21, 9).

El Salvador vendrá no para ser juzgado de nuevo, sino para hacerse juez de aquellos que lo condenaron. Él, que guardó silencio cuando sufría la condena, recordará su obrar a aquellos malvados, que le hicieron sufrir el tormento de la cruz, y dirá a cada uno de ellos: «Tú has obrado así, yo no he abierto la boca» (cf. Sal 38, 10).

Entonces, en un diseño de amor misericordioso, vino para instruir a los hombres con dulce firmeza, pero al final todos, lo quieran o no, deberán someterse por fuerza a su dominio regio.
El profeta Malaquías preanuncia las dos venidas del Señor: «Y de pronto entrará en su templo el Señor a quien vosotros buscáis» (Ml 3, 1). He aquí la primera venida. Y luego, respecto a la segunda, dice: «He aquí el ángel de la alianza, a quien vosotros deseáis, he aquí viene … ¿Quién soportará el día de su venida? ¿Quién resistirá cuando aparezca? Él es como el fuego del fundidor y como la lejía de los lavanderos. Se sentará para fundir y purificar» (Ml 3, 1-3).

También Pablo habla de estas dos venidas escribiendo a Tito en estos términos: «Ha aparecido la gracia de Dios, salvadora de todos los hombres, que nos enseña a renunciar a la impiedad y a las pasiones mundanas, y a vivir con sobriedad, justicia y piedad en este mundo, aguardando la bienaventurada esperanza y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo» (Tt 2, 11-13). ¿Ves cómo ha hablado de la primera venida dándole gracias a Dios? De la segunda, en cambio, hace entender que es la que esperamos.
Esta es, pues, la fe que nosotros proclamamos: creer en Cristo que ha subido al cielo y está sentado a la derecha del Padre. Él vendrá en la gloria a juzgar a vivos y muertos. Y su reino no tendrá fin.
Vendrá, pues, vendrá nuestro Señor Jesucristo desde los cielos; vendrá en la gloria al final del mundo creado, en el último día. Entonces habrá el fin de este mundo, y el nacimiento de un mundo nuevo.

San Cirilo de Jerusalén