El Señor Jesús afirma que da un nuevo mandamiento a sus discípulos, es decir, que se amen mutuamente: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros» (Jn 13, 34).
Pero ¿no existía ya este mandamiento en la antigua ley del Señor, que prescribe: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19, 18)? ¿Por qué entonces el Señor dice nuevo un mandamiento que parece ser tan antiguo? ¿Es acaso un mandamiento nuevo porque nos despoja del hombre viejo para revestirnos del nuevo? Ciertamente. Hace nuevo a quien le da oído, o mejor, a quien se muestra obediente. Pero el amor que regenera no es el puramente humano. Es aquel que el Señor distingue y califica con las palabras: «Como yo os he amado» (Jn 13, 34).
Este es el amor que nos renueva, para que nos convirtamos en hombres nuevos, herederos de la nueva alianza, cantores de un nuevo cántico. Este amor, hermanos carísimos, renovó a los antiguos justos, a los patriarcas y a los profetas, como más tarde renovó a los apóstoles. Este amor ahora renueva también a todos los pueblos, y de todo el género humano, esparcido por la tierra, forma un pueblo nuevo, cuerpo de la nueva Esposa del Unigénito Hijo de Dios, de la cual se habla en el Cántico de los cánticos: ¿Quién es aquella que se alza resplandeciente de blancura? (cf. Ct 8, 5). Ciertamente resplandeciente de blancura porque es renovada. ¿Por quién, si no, por el nuevo mandamiento?
Por esto los miembros se preocupan mutuamente; y si un miembro sufre, con él todos sufren, y si uno es honrado, todos se alegran con él (cf. 1 Cor 12, 25-26). Escuchan y ponen en práctica lo que enseña el Señor: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros» (Jn 13, 34), pero no como se aman los que seducen, ni como se aman los hombres por el solo hecho de ser hombres. Sino como se aman los que son dioses e hijos del Altísimos, para ser hermanos de su único Hijo. Amándose mutuamente con aquel amor con el cual él mismo amó a los hombres, sus hermanos, para poderlos guiar allí donde el deseo será saciado de bienes (cf. Sal 102, 5).
El deseo será plenamente saciado, cuando Dios será todo en todos (cf. 1 Cor 15, 28).
Este es el amor que nos da aquel que ha recomendado: «Como yo os he amado, así amaos también vosotros unos a otros» (Jn 13, 34). Con este fin, pues, nos amó, para que también nosotros nos amemos mutuamente. Nos amaba y por eso quiso que estuviéramos unidos por un amor recíproco, para que fuéramos el Cuerpo del supremo Cabeza y miembros estrechados por un vínculo tan dulce.

De los Tratados sobre Juan de San Agustín, obispo