No existe ninguna criatura, y nada sucede, que no haya sido hecho y que no tenga consistencia en el Verbo y por medio del Verbo, como enseña san Juan: En el principio era el Verbo, y el Verbo era junto a Dios, y el Verbo era Dios. Todo fue hecho por medio de él, y sin él nada fue hecho (cf. Jn 1, 1).
Pues así como el músico, con la cítara bien afinada, mediante sonidos graves y agudos, hábilmente combinados, crea una armonía, así la Sabiduría de Dios, teniendo en sus manos el mundo entero como una cítara, unió las cosas del éter con las de la tierra y las cosas celestes con las del éter, armonizó las partes individuales con el todo, y creó con un gesto de su voluntad un solo mundo y un solo orden del mundo, una verdadera maravilla de belleza. El mismo Verbo de Dios, que permanece inmóvil junto al Padre, mueve todas las cosas respetando su propia naturaleza y el beneplácito del Padre.
Toda realidad, según su propia esencia, tiene vida y consistencia en él, y todas las cosas por medio del Verbo constituyen una divina armonía.
Para que luego una cosa tan sublime pueda ser de algún modo comprendida, tomemos la imagen de un inmenso coro. En un coro compuesto de muchos hombres, niños, mujeres, ancianos y adolescentes, bajo la dirección de un solo maestro, cada uno canta según su propia constitución y capacidad, el hombre como hombre, el niño como niño, el anciano como anciano, el adolescente como adolescente, no obstante constituyen juntos una sola armonía. Otro ejemplo. Nuestro alma mueve al mismo tiempo los sentidos según las peculiaridades de cada uno de ellos, de modo que, ante la presencia de algo, son movidos todos simultáneamente, por lo que el ojo ve, el oído oye, la mano toca, la nariz huele, la lengua saborea y a menudo también los otros miembros del cuerpo operan, por ejemplo los pies caminan. Si consideramos el mundo de manera inteligente, constataremos que en el mundo ocurre lo mismo.
Ante un solo gesto de la voluntad del Verbo de Dios, todas las cosas fueron tan bien organizadas, que cada una opera lo que le es propio por naturaleza y todas juntas se mueven en un orden perfecto.
Del «Discurso contra los paganos» de san Atanasio, obispo
Pues así como el músico, con la cítara bien afinada, mediante sonidos graves y agudos, hábilmente combinados, crea una armonía, así la Sabiduría de Dios, teniendo en sus manos el mundo entero como una cítara, unió las cosas del éter con las de la tierra y las cosas celestes con las del éter, armonizó las partes individuales con el todo, y creó con un gesto de su voluntad un solo mundo y un solo orden del mundo, una verdadera maravilla de belleza. El mismo Verbo de Dios, que permanece inmóvil junto al Padre, mueve todas las cosas respetando su propia naturaleza y el beneplácito del Padre.
Toda realidad, según su propia esencia, tiene vida y consistencia en él, y todas las cosas por medio del Verbo constituyen una divina armonía.
Para que luego una cosa tan sublime pueda ser de algún modo comprendida, tomemos la imagen de un inmenso coro. En un coro compuesto de muchos hombres, niños, mujeres, ancianos y adolescentes, bajo la dirección de un solo maestro, cada uno canta según su propia constitución y capacidad, el hombre como hombre, el niño como niño, el anciano como anciano, el adolescente como adolescente, no obstante constituyen juntos una sola armonía. Otro ejemplo. Nuestro alma mueve al mismo tiempo los sentidos según las peculiaridades de cada uno de ellos, de modo que, ante la presencia de algo, son movidos todos simultáneamente, por lo que el ojo ve, el oído oye, la mano toca, la nariz huele, la lengua saborea y a menudo también los otros miembros del cuerpo operan, por ejemplo los pies caminan. Si consideramos el mundo de manera inteligente, constataremos que en el mundo ocurre lo mismo.
Ante un solo gesto de la voluntad del Verbo de Dios, todas las cosas fueron tan bien organizadas, que cada una opera lo que le es propio por naturaleza y todas juntas se mueven en un orden perfecto.
Del «Discurso contra los paganos» de san Atanasio, obispo