Nace de nuevo en Cristo quien deja de hacer el mal
Exponemos cómo nosotros, renovados por medio de Cristo, nos hemos consagrado a Dios. Aquellos que, habiendo llegado a la certeza, han creído en las verdades que hemos enseñado y proclamado, y han prometido vivir de manera conforme a ellas, son conducidos a la oración, y a pedir a Dios el perdón de los pecados. Les enseñamos a acompañar la oración con el ayuno, pero también nosotros oramos y ayunamos en plena solidaridad con ellos.
Entonces los conducimos a la fuente del agua y allí son regenerados de la misma manera en que nosotros también fuimos regenerados. De hecho, entonces reciben el lavacro del agua en el nombre del Creador y Dios Señor de todas las cosas, de nuestro Salvador Jesucristo y del Espíritu Santo.
Jesús, en efecto, dijo: Si no renacéis, no entraréis en el reino de los cielos (cf. Mt 18, 3). No se trata, por supuesto, de volver al vientre materno, porque el nacimiento del que hablamos es espiritual.
El profeta Isaías explicó de qué manera se liberan de los pecados aquellos que los han cometido y hacen penitencia: Lavaos, purificaos, quitad el mal de vuestras almas. Aprended a hacer el bien, buscad la justicia, amparad al oprimido, defendéis al huérfano, patrocináis a la viuda. Venid, pues, y razonemos, dice el Señor. Aunque vuestros pecados sean como la grana, se volverán blancos como la nieve; aunque sean rojos como el carmesí, se volverán como la lana. Si no quisiereis oír, la espada os devorará, porque la boca del Señor ha hablado (cf. Is 1, 16-20).
Esta doctrina la hemos recibido de los apóstoles. En nuestro primer nacimiento fuimos engendrados por los padres por instinto natural y de manera inconsciente. Ahora no queremos permanecer hijos de la simple naturaleza y de la ignorancia, sino de una elección consciente. Queremos obtener en el agua salvadora la remisión de las culpas cometidas. Por esto, sobre quien desea ser regenerado y ha hecho penitencia de los pecados, se pronuncia el nombre del Creador y Señor Dios del universo. Es este solo nombre el que invocamos sobre aquel que es conducido al lavacro para el bautismo.
El lavacro se llama iluminación, porque aquellos que aprenden las verdades recordadas son iluminados en su mente. Aquel que es iluminado también es lavado. Es iluminado y lavado en el nombre de Jesucristo crucificado bajo Poncio Pilato, es iluminado y lavado en el nombre del Espíritu Santo, que por medio de los profetas preanunció todas las cosas concernientes a Jesús.
San Justino, mártir