Dice el Apóstol: «Sed como yo» (Gal 4, 12). Yo nací judío, pero, guiado por consideraciones espirituales, rechazo toda concepción exclusivamente material. «Porque también yo he sido como vosotros» (Gal 4, 12), es decir, hombre. Luego, oportunamente y con discreción, recuerda su amor hacia ellos, para que no lo consideren como su enemigo. Así se expresa: Os ruego, hermanos, que no me habéis ofendido en nada (cf. Gal 4, 12); como si dijera: No debéis pensar que yo quiera ofenderos.
Siempre sobre el mismo tema añade: «Hijos míos» (Gal 4, 19). Lo dice para que lo imiten realmente como a un padre. Y completa: «Que otra vez os doy a luz en dolores, hasta que Cristo sea formado en vosotros» (Gal 4, 19). Esto lo dijo más bien como si representara a la Madre Iglesia. De hecho, también en otro pasaje dice: «Fuimos amables con vosotros, como una madre que cría y cuida a sus hijos» (1 Ts 2, 7).
Cristo nace y se forma en el que cree por medio de la fe, existente en el hombre interior; en el que es llamado a la libertad de la gracia; en el que es manso y humilde de corazón, y que no se gloria en la nulidad de sus méritos y de sus obras; en el que atribuye sus méritos al don divino. Este se identifica con Cristo. Así, el que dijo: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos hermanos míos más pequeños, lo hicisteis conmigo» (Mt 25, 40), llama al verdadero creyente el más pequeño de los suyos, es decir, otro él mismo. De hecho, Cristo se forma en quien recibe la imagen de Cristo. Pero recibe la imagen de Cristo quien se adhiere a Cristo con verdadero amor espiritual. De ello se sigue que él se convierte en copia de Cristo y, en la medida que lo permite su condición, se convierte en el propio Cristo. Así afirma Juan: «El que dice que permanece en Cristo, ha de andar como él anduvo» (1 Jn 2, 6).
Pero puesto que los hombres son concebidos por las madres para ser formados, y, una vez formados, son paridos para venir a la luz, puede causar sorpresa lo que ha sido dicho: «Que otra vez os doy a luz en dolores, hasta que Cristo sea formado en vosotros» (Gal 4, 19). A menos que entendamos que este parto está en lugar de las preocupaciones dolorosas a través de las cuales los ha parido para que nacieran en Cristo. En tal sentido los paría aún, preocupado como está por los peligros de seducción, de los cuales los ve amenazados. La dolorosa solícitude en su favor, es decir, esta especie de maternidad espiritual, perdura hasta que todos lleguen a la unidad de la fe en la medida que conviene a la plena madurez de Cristo, para que no sean sacudidos por cualquier viento de doctrina (cf. Ef 4, 13-14).
Por lo tanto, no tanto por el inicio de la fe, siendo ellos ya nacidos, sino por el crecimiento y la madurez fue afirmado: «Que otra vez os doy a luz en dolores, hasta que Cristo sea formado en vosotros» (Gal 4, 19). En otro lugar trata de este parto con otros términos, cuando dice: «Mi aflicción diaria, la preocupación por todas las iglesias. ¿Si alguno es débil, no lo soy también yo? ¿Si alguno tropieza, no me ardo yo?» (2 Cor 11, 28-29).

Del «Comentario a la Carta a los Gálatas» de san Agustín, obispo