La economía de salvación de Dios, nuestro salvador, consiste en levantar al hombre de sus caídas y hacerlo retornar a la intimidad divina, liberándolo de la alienación a la que lo había conducido la desobediencia. La venida de Cristo en la carne, los ejemplos de vida evangélica, los sufrimientos, la cruz, la sepultura, la resurrección son para la salvación del hombre, para que tenga de nuevo, mediante la imitación de Cristo, la adopción como hijo de la que estaba dotado al principio.
Para la autenticidad de la vida cristiana es, por tanto, necesario imitar no solo sus ejemplos de dulzura, de humildad y de paciencia manifestados durante la vida, sino también su misma muerte. Lo dice san Pablo, imitador de Cristo, hecho conforme a él «en la muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3, 11).
Ma cómo podemos hacernos conformes a su muerte? Hiciéndonos sepultar con él por medio del bautismo. ¿Cuál es, entonces, el modo de la sepultura y cuál el fruto de su imitación? En primer lugar, es necesario interrumpir el modo de vivir de antes. Pero nadie puede llegar a tanto si no renace de nuevo, según las palabras del Señor. La regeneración, en efecto, como emerge de la palabra misma, es el inicio de una segunda vida. Por eso, antes de iniciar una segunda vida, hay que poner fin a la primera. A los que han llegado al final de la vuelta en el estadio, se les da un poco de pausa y de descanso antes de hacerles comenzar otra vuelta. Así también en el cambio de vida aparece necesario que la muerte se interponga entre la primera y la segunda vida, y que esta muerte constituya el fin de la condición precedente y el inicio de la futura.
Y cómo debemos morir, es decir, cumplir la descenso a los infiernos? Imitando la sepultura de Cristo por medio del bautismo. En efecto, los cuerpos de los que son bautizados, de cierto modo, son sepultados en el agua. Por eso, el bautismo significa de manera arcanas la deposición de las obras de la carne, según lo que dice el Apóstol: «En él fuisteis también circuncidados, de una circuncisión, sin embargo, no hecha por mano de hombre, mediante la desnudez de nuestro cuerpo de carne, sino de la verdadera circuncisión de Cristo. Con él, en efecto, fuisteis sepultados juntos en el bautismo» (Col 2, 11).
Y el bautismo, de cierto modo, lava el alma de las basuras, que se acumulan sobre ella a causa de las tendencias de la carne, según lo que está escrito: «lávame y seré más blanco que la nieve» (Sal 50, 9). Por esta razón, conocemos un único bautismo de salvación, dado que única es la muerte al mundo y única la resurrección de los muertos, de las cuales cosas figura es el bautismo.
Del libro «Sobre el Espíritu Santo» de san Basilio Magno, obispo
Para la autenticidad de la vida cristiana es, por tanto, necesario imitar no solo sus ejemplos de dulzura, de humildad y de paciencia manifestados durante la vida, sino también su misma muerte. Lo dice san Pablo, imitador de Cristo, hecho conforme a él «en la muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3, 11).
Ma cómo podemos hacernos conformes a su muerte? Hiciéndonos sepultar con él por medio del bautismo. ¿Cuál es, entonces, el modo de la sepultura y cuál el fruto de su imitación? En primer lugar, es necesario interrumpir el modo de vivir de antes. Pero nadie puede llegar a tanto si no renace de nuevo, según las palabras del Señor. La regeneración, en efecto, como emerge de la palabra misma, es el inicio de una segunda vida. Por eso, antes de iniciar una segunda vida, hay que poner fin a la primera. A los que han llegado al final de la vuelta en el estadio, se les da un poco de pausa y de descanso antes de hacerles comenzar otra vuelta. Así también en el cambio de vida aparece necesario que la muerte se interponga entre la primera y la segunda vida, y que esta muerte constituya el fin de la condición precedente y el inicio de la futura.
Y cómo debemos morir, es decir, cumplir la descenso a los infiernos? Imitando la sepultura de Cristo por medio del bautismo. En efecto, los cuerpos de los que son bautizados, de cierto modo, son sepultados en el agua. Por eso, el bautismo significa de manera arcanas la deposición de las obras de la carne, según lo que dice el Apóstol: «En él fuisteis también circuncidados, de una circuncisión, sin embargo, no hecha por mano de hombre, mediante la desnudez de nuestro cuerpo de carne, sino de la verdadera circuncisión de Cristo. Con él, en efecto, fuisteis sepultados juntos en el bautismo» (Col 2, 11).
Y el bautismo, de cierto modo, lava el alma de las basuras, que se acumulan sobre ella a causa de las tendencias de la carne, según lo que está escrito: «lávame y seré más blanco que la nieve» (Sal 50, 9). Por esta razón, conocemos un único bautismo de salvación, dado que única es la muerte al mundo y única la resurrección de los muertos, de las cuales cosas figura es el bautismo.
Del libro «Sobre el Espíritu Santo» de san Basilio Magno, obispo