Venite, y subamos juntos al monte de los Olivos, y vayamos al encuentro de Cristo que hoy regresa de Betania y se acerca espontáneamente a la venerable y bienaventurada pasión, para cumplir el misterio de nuestra salvación.
Viene de su propia voluntad hacia Jerusalén. Ha descendido del cielo, para hacernos subir con él allí «por encima de todo principado y autoridad, de toda potestad y dominación, y de todo otro nombre que pueda nombrarse» (Ef 1, 21). Vino no para conquistar la gloria, no en el lujo y la espectacularidad, «No contendrá», dice, «ni gritará, ni se oirá en las plazas su voz» (Mt 12, 19). Será manso y humilde, y entrará con un vestido modesto y en estado de pobreza.
Corramos también nosotros juntos con aquel que se apresura hacia la pasión, e imitemos a aquellos que le fueron al encuentro. No, sin embargo, para tender delante de él a lo largo de su camino ramas de olivo o de palmas, mantos u otras cosas de ese tipo, sino como para tender en humilde prostración y en profunda adoración ante sus pies nuestras personas. Recibamos así la Palabra de Dios que avanza y recibamos en nosotros mismos a aquel Dios que ningún lugar puede contener. Él, que es la misma mansedumbre, se complace en venir a nosotros manso. Sube, por así decirlo, sobre el crepúsculo de nuestro orgullo, o mejor, entra en la sombra de nuestra infinita bajeza, se hace nuestro íntimo, se hace uno de nosotros para elevarnos y reconducirnos a él.
Él subió hacia el oriente sobre los cielos de los cielos (cf. Sal 67, 34), es decir, al culmen de la gloria y de su triunfo divino, como principio y anticipación de nuestra condición futura. Sin embargo, no abandona al género humano porque lo ama, porque quiere sublimar con él la naturaleza humana, elevándola de las bajeza de la tierra hacia la gloria. Extendamos, pues, humildemente ante Cristo a nosotros mismos, más bien que las túnicas o las ramas inanimadas y las verdes frondas que alegran los ojos solo por pocas horas y están destinadas a perder, con la savia, también su verde. Extendamos a nosotros mismos revestidos de su gracia, o mejor, de todo él mismo, pues cuantos hemos sido bautizados en Cristo, nos hemos revestido de Cristo (cf. Gal 3, 27), y prosternémonos a sus pies como túnicas extendidas.
Debido al pecado éramos antes rojos como el escarlata, luego, en virtud del lavacro bautismal de la salvación, hemos llegado al candor de la lana para poder ofrecer al vencedor de la muerte no ya simples ramas de palma, sino trofeos de victoria. Agitando las ramas espirituales del alma, también nosotros cada día, junto con los niños, aclamamos santamente: «Bendito el que viene en el nombre del Señor, el rey de Israel».
De los «Discursos» de san Andrés de Creta, obispo
Viene de su propia voluntad hacia Jerusalén. Ha descendido del cielo, para hacernos subir con él allí «por encima de todo principado y autoridad, de toda potestad y dominación, y de todo otro nombre que pueda nombrarse» (Ef 1, 21). Vino no para conquistar la gloria, no en el lujo y la espectacularidad, «No contendrá», dice, «ni gritará, ni se oirá en las plazas su voz» (Mt 12, 19). Será manso y humilde, y entrará con un vestido modesto y en estado de pobreza.
Corramos también nosotros juntos con aquel que se apresura hacia la pasión, e imitemos a aquellos que le fueron al encuentro. No, sin embargo, para tender delante de él a lo largo de su camino ramas de olivo o de palmas, mantos u otras cosas de ese tipo, sino como para tender en humilde prostración y en profunda adoración ante sus pies nuestras personas. Recibamos así la Palabra de Dios que avanza y recibamos en nosotros mismos a aquel Dios que ningún lugar puede contener. Él, que es la misma mansedumbre, se complace en venir a nosotros manso. Sube, por así decirlo, sobre el crepúsculo de nuestro orgullo, o mejor, entra en la sombra de nuestra infinita bajeza, se hace nuestro íntimo, se hace uno de nosotros para elevarnos y reconducirnos a él.
Él subió hacia el oriente sobre los cielos de los cielos (cf. Sal 67, 34), es decir, al culmen de la gloria y de su triunfo divino, como principio y anticipación de nuestra condición futura. Sin embargo, no abandona al género humano porque lo ama, porque quiere sublimar con él la naturaleza humana, elevándola de las bajeza de la tierra hacia la gloria. Extendamos, pues, humildemente ante Cristo a nosotros mismos, más bien que las túnicas o las ramas inanimadas y las verdes frondas que alegran los ojos solo por pocas horas y están destinadas a perder, con la savia, también su verde. Extendamos a nosotros mismos revestidos de su gracia, o mejor, de todo él mismo, pues cuantos hemos sido bautizados en Cristo, nos hemos revestido de Cristo (cf. Gal 3, 27), y prosternémonos a sus pies como túnicas extendidas.
Debido al pecado éramos antes rojos como el escarlata, luego, en virtud del lavacro bautismal de la salvación, hemos llegado al candor de la lana para poder ofrecer al vencedor de la muerte no ya simples ramas de palma, sino trofeos de victoria. Agitando las ramas espirituales del alma, también nosotros cada día, junto con los niños, aclamamos santamente: «Bendito el que viene en el nombre del Señor, el rey de Israel».
De los «Discursos» de san Andrés de Creta, obispo