En la Congregación de las Hermanas de Loreto, padre, era verdaderamente feliz, según mi opinión; felicísima, según la de las hermanas. Después, vino la vocación. Nuestro Señor me llamó directamente; su voz era clara y llena de persuasión. Me llamó una y otra vez en 1946. Sabía que era Él. En mí había temor y pensamientos terribles; de hecho, temía ser inducida al error. Habiendo vivido siempre en obediencia, había entregado toda la situación a mi padre espiritual, esperando constantemente que todas estas cosas fueran consideradas por él como un engaño del diablo. En cambio, nada de eso: como aquella voz, también él dijo: «Jesús mismo te lo pide». Así que bien sabes la conclusión de toda esta situación.
Mis superiores me enviaron a una ciudad, a saber, Asansol, en 1947, donde pareció que nuestro Señor se donaba enteramente a mí. ¡Cuán rápidamente pasaron la dulzura, la consolación y la unión de aquellos seis meses! Luego, en el mes de diciembre de 1948, la obra comenzó.
Padre, ya desde 1949 o 1950 hay en mí un terrible sentido de privación, esta horrible oscuridad, esta soledad, este continuo ardiente deseo de Dios que en lo profundo de mi corazón causa un enorme dolor. Tal es la oscuridad que no puedo ciertamente ver, ni con la mente ni con la razón. El lugar de Dios en mi alma está vacío. Dios en mí no está. Cuando el dolor a causa de la ausencia es tan grande, deseo y aún deseo a Dios, pero siento esto: no me quiere y no está aquí.
Cielo, almas: ¿son quizás solo palabras y no tienen ningún significado para mí? Mi propia vida parece contradicción. ¿Ayudo a las almas a ir a dónde? ¿Por qué todo esto? ¿Dónde está el alma en mi esencia? ¿Dios no me quiere? De vez en cuando siento mi corazón que ciertamente grita: «¡Dios mío!», pero no sucede nada. No soy capaz de describir el tormento y el dolor. Desde mi infancia he amado con mucha ternura a Jesús en el Santísimo Sacramento, pero ahora incluso el amor ha desaparecido. Delante de Jesús no siento nada pero, por otra parte, de ninguna manera quiero perder la Santa Comunión.
Considera, padre, la contradicción de mi vida. Deseo a Dios, quiero amarlo, amar mucho, vivir solamente por su amor, solamente amar, sin embargo solo hay dolor, deseo y no amor.
Hace unos años, aproximadamente diecisiete, quería ofrecer a Dios algo muy bello. Me consagré al compromiso, bajo pena de pecado mortal, de no negarle nada. Desde ese tiempo he conservado esta promesa. A veces, cuando la oscuridad es más densa y a punto estoy de negar algo a Dios, el pensamiento de aquella promesa me levanta.
En mi vida solo quiero a Dios. La «obra» es verdaderamente y únicamente suya. Él me llamó, él me dijo lo que debía hacer, él ha sostenido cada uno de mis pasos, él ha dirigido cada uno de mis movimientos, él ha puesto las palabras en mi boca, él me ha concedido la facultad de enseñar a las hermanas el camino.
Todas estas cosas y todo lo que hay en mí, es suyo. ¿Por qué, mientras el mundo me alaba, mi alma en verdad no es tocada en lo más mínimo, ni siquiera ligeramente? Lo que pertenece a la obra creo que proviene enteramente de él. Antes podía pasar muchas horas delante del Señor amándolo y dialogando con él; ahora, en cambio, incluso la meditación es difícil: nada, o solo digo «Dios mío», y a veces ni siquiera esta invocación sale. Sin embargo, desde algún otro lugar, en lo profundo de mi corazón, el deseo de Dios continúa abriendo en las tinieblas una rendija.
Cuando estoy fuera, mientras trabajo o encontrando a algunos hombres, hay la presencia de alguien que vive más cerca de mí, en realidad en mí. No sé qué es, pero a menudo, incluso cada día, el amor hacia Dios en mí se hace más verdadero y, sin un conocimiento cierto, de repente digo a Jesús palabras de amor muy inusuales.
Padre, te he abierto de par en par mi corazón: enséñame a amar a Dios, enséñame a amarlo más. No estoy instruida, muchas cosas que conciernen a Dios no las conozco: quiero amar a Dios como y cuánto él para mí es «Padre mío».
Mi corazón, mi alma, mi cuerpo son solo para Dios. Él ha expulsado a la hija de su amor, como no deseada. Por esta razón, padre, en tal alejamiento he decidido estar a su poder. Haga verdaderamente de mí lo que quiera, como quiera, por todo el tiempo que él quiera. Si mi oscuridad es luz para otra alma – aunque no valga nada para ningún hombre – soy feliz de manera perfecta, porque soy una flor del campo de Dios.

De los «Escritos» de santa Teresa de Calcuta, virgen